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Hamburguesas

Miró el libro de recetas. Era fácil: carne picada, perejil, pan rallado, huevo… Un vistazo rápido a la despensa y vio que lo tenía todo. Sacó la carne del congelador y la puso en el microondas, a descongelar. Mientras, acabó de limpiar de polvo la picadora de carne (¿Cuánto hacía que no la utilizaba?) y preparó sobre el banco de la cocina el resto de ingredientes.

Hacía una semana que había decidido dejar de luchar. Ya estaba harta. Estaba muy bien eso de la dieta equilibrada y tal, pero había llegado al límite de sus fuerzas. Todos los días era una verdadera pelea con los niños. Cuando había pasta, o arroz, o carne, o cualquiera de esos platos precocinados del super, no había problemas. Pero si el plato del día era pescado, o verdura, o cualquier otra cosa de las que todos llaman “sanas”, de las que “hay que comer alguna vez”, la pelea era continua: lloros, gritos, bocas cerradas, comida por los suelos, por las paredes, manotazos, castigos que no se cumplían…

Y ya no podía más. Después de todo el trabajo de casa, de no pisar la calle para tenerlo todo listo, de matarse a limpiar, a planchar, a organizar, después de todo eso, llegaba la noche y, derrotada, no le quedaban fuerzas para seguir peleando.

Y lo peor no eran los niños. Lo peor era él. Que llegaba del trabajo, a las tantas, oliendo a vino barato del bar, o a cerveza o a cualquier cosa que había tomado ese día hasta que se le nublaba la vista, o cuando no, a sexo de alguna puta barata con la que había decidido desahogar sus frustraciones. Se sentaba, miraba el plato y, sin mediar palabra lo levantaba y lo tiraba contra la pared, contra el suelo o, la mayoría de veces, contra su cara. Luego ya venían los insultos, los gritos contra ella, recordándole su ineptitud para cocinar y, finalmente, los golpes.

Así que ya estaba cansada de todo eso. Ya no le quedaban fuerzas para luchar, para seguir una guerra diaria que no sentía, que no quería.

Llevaban una semana a base de carne: en filetes, empanada, al horno. Ahora iba a empezar también a picarla: hamburguesas, albóndigas, pastel de carne…

Una semana sin gritos, sin lloros, sin peleas. Una semana ya de tranquilidad.

Y nadie había echado en falta todavía a aquel hijo de puta.

Demasiado bella

Desde el primero momento en que la vio, quedó totalmente prendado de ella. Ni tan siquiera era capaz de hablar de ese momento como amor a primera vista, puesto que estaba convencido de que había sido algo más, algo muy fuerte.

En aquel momento no podía imaginar que llegara a hablar con ella, ni que quedaran otro día y, ni mucho menos, que ella se convertiría en su pareja.

Sin embargo, siempre supo que le haría sufrir, que su cuerpo perfecto, su preciosa cara y su simpatía innata haría que llegara un día en que lo abandonara por otro más alto, más guapo, más rico.

Por eso vivió su relación con miedo, con recelo, buscando por todos los resquicios el momento en que ella se diera cuenta de lo poco que él valía para buscar otros brazos en los que dejar caer su maravillosa figura. Había días malos y días agónicos, días de sufrir cuando llegaba un mensaje a su móvil o cuando llegaba algo más tarde del trabajo.

Hasta que ese día llegó. Él había salido antes de una reunión y decidió tomarse el resto de la tarde libre, acercándose a la oficina en la que ella trabajaba para darle una sorpresa. No llegó. De lejos la vio en un banco del parque sobre las piernas de otro, fundida en un beso interminable.

La discusión en casa fue amarga, áspera: Él le recriminó la acción y ella le echó en cara todas las inseguridades, los vacíos, las escuchas, la vigilancia. Se acabaron echando en cara todas las cosas guardadas a lo largo de la relación.

Y ahora lloraba. Sólo. Lloraba por ella. Lloraba por saber que la había perdido para siempre, que jamás la volvería a tocar, que nunca sentiría de nuevo sus besos, ni su cuerpo, que nunca la abrazaría al despertar ni compartiría con ella la ducha.

Y así seguía, en el jardín trasero de su casa. Dejando que las lágrimas se derramaran lentamente sobre su cara, rumiando todos esos recuerdos amargos en su mente, mientras lentamente iba arrojando palas de tierra todavía húmeda sobre el agujero que había tenido que improvisar tras la pelea.