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Una nota discordante

Perseverante“. Así lo definió su madre el día que acudió a su primera clase de piano, hacía ya un par de años.

Desde aquel momento, dos tardes a la semana, una hora los martes y los jueves, se presentaba en aquella casa de estilo victoriano, saludaba con una ligera variación en sus labios, reprimiendo una sonrisa mientras el rojo coloreaba sus mejillas regordetas.

Pocas palabras escuchó de su boca. Casi flotando, sin hacer ruido, se sentaba en el piano y empezaba a hacer sonar sus notas, con la mirada fija en la partitura. Tenía los dedos torpes, como parecía ser todo él y aguantaba los reproches bajando la cabeza, hundiendo la barbilla en su pecho y ahogando una disculpa totalmente inaudible. Y continuaba, lo seguía intentando, una y otra vez.

Un par de veces, en verano, lo descubrió con la mirada fija en su generoso escote, que quizá mostraba más carne de la debida por el exceso de calor. A partir de ese momento, comenzó a jugar. De forma pícara al principio, a ver qué ocurría, luego ya intentando averiguar qué pasaría si forzaba la cuerda, si la tensaba.

Descubrió el maravilloso placer que le proporcionaba el ruborizar, amedrentar y avergonzar a aquel alumno con miradas esquivas, roces intencionados al poner los dedos en las teclas correctas, órdenes susurradas con la excusa del ritmo junto a sus oídos, cruces de piernas cuando la falda era corta, besos en las mejillas más largos de lo habitual por fechas señaladas y melodías a cuatro manos, con los cuerpos bien juntos en el taburete.

Disfrutó de su superioridad, su poder, su mando sobre aquel cuerpo todavía imberbe pese a su ya avanzada adolescencia. Anhelaba cada semana que volviera de nuevo para cargar sobre él toda su sensualidad, paladeando cada instante de humillación.

Ahora, en el sótano de aquella casa que pensaba abandonada, desnuda, atada a una silla y con el sabor de la sangre de su labio roto tras las sucesivas bofetadas, maldecía cada uno de esos momentos, esos instantes que ella tomó como placer. Jamás llegó a pensar que aquella mente tímida, callada, pausada, podría revelar en algún momento semejante violencia.

El piano falló. Una nota discordante se elevó hacia el techo echando a perder la melodía.

Ahogó un grito bajo su mordaza al ver cómo él volvía a suspirar, maldecía, se levantaba y, en esta ocasión, cogía un pequeño abrecartas afilado entre sus dedos.

Justo antes de desmayarse pudo escuchar como aquella voz tímida se tornaba una vez más dura para decirle al oído, en un susurro, mientras pasaba el metal suavemente por su lóbulo: “Esta nota tampoco me la has enseñado bien, puta”.

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Fue @dtorresd6 quien vino de visita y nos propuso las tres palabras que han estimulado mi imaginación para este relato (Partitura, Revelar, Perseverante).

Gracias, David, por tu visita y tus palabras. Espero que te haya gustado y vuelvas a esta casa de vez en cuando. Este es tu relato.