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La testigo de Jehová

Tenía todavía la imagen en su cabeza, no conseguía que saliera de allí. Había sido una semana antes, el lunes, a primera hora. Los niños hacía minutos que habían salido hacia el colegio y ella estaba limpiando el baño cuando sonó el timbre.

Abrió la puerta y allí estaba: bajita, aunque no demasiado; tampoco estaba gorda, pero tenía buenas curvas, con carne, nada de huesos; castaña oscura, con una media melena lisa que le cubría las orejas.

Vestía como suelen vestir todas: falda un poco por debajo de las rodillas, camisa blanca, nada de transparencias, una rebeca de punto verde, a juego con la falda y zapatos llanos. Su inseparable carpeta negra sobre el brazo derecho de la que ya había sacado el folleto, dispuesto a entregarlo.

Pero lo que más le llamó la atención fue su sonrisa: amplia, sincera. Sabía que estaba ensayada y practicada mil veces, pero no lo parecía. Transmitía frescura, era espontánea. Ella lo sabía, por eso la aguantaba unos instantes antes de hablar, cautivando a su interlocutor, llevándolo a su terreno antes de empezar su discurso.

Pasados los segundos de cortesía se presentó sin perder la sonrisa: “Hola, buenos días, soy testigo de Jehová” y ahí rompió el hechizo. Quiso explicar su misión, su doctrina, la visión que su Dios daba a las cosas, las promesas de felicidad eterna, las mierdas de siempre de amor, amistad y comprensión.

No pudo seguir escuchando, tuvo que responder. Qué coño sabía ella, o su Dios, lo que era la vida; qué coño sabía ella, o su Dios, lo que era el sufrimiento; qué coño sabía ella, o su Dios, lo que era la preocupación de tener que dar a sus hijos algo de comer cada día, de enviarlos al colegio sin almuerzo, día tras día, de hacer caldo con las patatas pochas recogidas al final del mercado, de mendigar y regatear por los huesos y la grasa que sobra de las carnicerías para tener algo de carne que llevar a la boca de sus niños, quedándose ella sin comer. Qué coño sabía ella, o su Dios, lo dura que era la vida.

Pobre chica, pensaba ahora. Ella no debía nada, pero llegó en el peor momento. Conforme iba soltando su discurso, cada vez con más vehemencia, la chica aguantaba, estoicamente, con su folleto en la mano, intentando no descomponer su sonrisa. Esa sonrisa que seguía allí.

Suponía que había sido esa sonrisa la que la había desquiciado del todo, la que la impulsó a seguir hablando, a seguir subiendo el tono, a perder los papeles, a dar el siguiente paso.

Había pasado una semana, pero la imagen no se iba de su cabeza.

Sirvió el plato de estofado para los niños, con la carne cortada a trozos muy pequeños, para que entrara mejor. Ella se ocupaba de comer los huesos, la parte más reconocible. Al fin y al cabo, era sólo una testigo de Jehová y ella, una semana después no había escuchado nada. Igual nadie la había echado en falta.

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Fue @anlogar2 quien vino de visita y nos propuso las tres palabras que han estimulado mi imaginación para este relato (preocupación, visión, comer). 

Gracias, Ana Belén, por tu visita y tus palabras. Espero que te haya gustado y vuelvas a esta casa de vez en cuando.