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Quiso recordar

Quiso recordar todo lo referente a ella: cada mirada, cada abrazo, cada roce, cada instante, cada conversación, cada guiño, cada sonrisa, cada beso.

Pero no podía, su cabeza estaba llena de trabajo, rutina, noticias y datos.

Entonces decidió hacer sitio en su mente para ella, y empezó a olvidar.

Primero fueron pequeñas cosas, como el lugar dónde había dejado el coche, o las llaves. Luego fueron recuerdos más amplios, como nombres o situaciones.

Pero no era suficiente, quería seguir recordándola, seguir teniendo en su mente cada minuto que había pasado con ella.

Y siguió haciendo sitio en su cabeza, siguió olvidando. Hasta que olvidó el lenguaje, el habla y hasta quién era el.

En la residencia se maravillaban de aquel enfermo de alzheimer que siempre estaba sonriendo.

El tesoro

Giró la llave del contacto. El motor del coche se apagó con un ronroneo. Se hizo el silencio. Cogió aire profundamente y lo soltó lentamente. Dos, tres veces. Con los ojos cerrados. No se atrevía a abrirlos, pero tenía que hacerlo.

Sin todavía abrir los ojos abrió la puerta del coche y salió. Un aroma a pino le inundó; fresco, intenso. La lluvia que había caído la noche pasada acentuaba los olores. Volvió a tomar aire. Entonces abrió los ojos.

¿Cuánto tiempo hacía que no estaba allí? ¿30, 40 años?, quizá más. Había sido lugar de escarceos, de caricias, de besos robados y regalados, de manos inocentes buscando ansiosamente una piel que se erizaba a cada roce, de confidencias hechas con los ojos cerrados y el corazón abierto, de amor juvenil.

Pero hacía mucho de eso, quizá demasiado.

Empezó a andar hacia el riachuelo. El paisaje estaba cambiado, las urbanizaciones habían invadido buena parte del pinar antiguo. Pero todavía quedaban lugares tal y como él los recordaba. Con pasos lentos, apoyado en su bastón llegó hasta el puente. Le costó bajar el pequeño desnivel que llevaba a la bóveda que cubría lo poco que quedaba de cauce.

Llegó y empezó a contar ladrillos. Esperaba que la memoria no le fallase y así fue. Tras el quinto ladrillo de la cuarta fila encontró el agujero. Metió su mano temblorosa y palpó a ciegas. Cuando ya casi tenía el codo dentro notó el tacto del metal. Un último esfuerzo y consiguió agarrarlo con la yema de sus dedos. Poco a poco deslizó su mano hacia afuera, intentando que sus dedos no le fallaran en sus fuerzas.

Una vez la tuvo en sus manos se quedó mirándola: una pequeña cajita de metal dorado, con una ilustración impresa en su tapa de un molino rodeado de tulipanes.

Los dedos le temblaban mientras la abría. Suspiró antes de volver a ver su contenido: dos entradas de cine, un gancho de pelo, una pulsera de plástico, un recorte de un periódico con un fragmento de un poema y una pequeña foto, en blanco y negro, en la que se podía ver a una pareja de adolescentes entrando a una verbena.

No pudo evitar que una lágrima corriera por sus mejillas al ver esa foto, al verla a ella: alta, delgada, con esa melena morena larga que ella se empeñaba en rizar, por mucho que él le dijera que le gustaba lisa. Y, al lado, él, sin mirar al objetivo de la cámara, mirándola a ella, sólo tenía ojos para ella.

Las lágrimas brotaron, y él dejó que cayeran por su cara sin dejar de mirar la foto. Al poco volvió a coger aire y, tras introducir la foto en la cajita, se secó con el dorso de la mano los restos salados de sus mejillas. Apretó la caja contra su cuerpo y comenzó a andar hacia el coche, desandando sus pasos.

Antes de entrar al coche volvió a mirar el paisaje. Ahora sí que sabía que era la última vez que lo vería.

Encendió de nuevo el motor y emprendió la marcha, de vuelta a tanatorio. La caja cambiaba de lugar de descanso, volvía con su dueña, y esta vez era para siempre.

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Fue @montsecarrasco quien vino de visita y nos propuso las tres palabras que han estimulado mi imaginación para este relato (bóveda, pino, rizar). 

Gracias, Montse, por tu visita y tus palabras. Espero que te haya gustado y vuelvas a esta casa de vez en cuando.

Aire

Ana abrió la puerta del ático. Siempre le habia gustado subir a lo mas alto del edificio a pensar y a encontrarse consigo misma. Desde el primer piso en el que vivía no podia sentir la libertad que le daba el respirar el aire desde el noveno, era como si le agobiaran los ocho pisos que tenia por encima de su casa.

Hacia exactamente un mes que no sentía ese aire libre.

Había sido un mes horrible, un infierno. Justo un mes atrás subió para pensar el por qué Jorge la habia dejado de aquella manera, por qué no había sido capaz de decirle que a quien realmente amaba era a su mejor amiga, Marta, de decirle que seguia con ella para poder quedar con Marta a escondidas, de decirle que hacia más de un año que ellos dos se veian a escondidas. Tuvo que ser de la manera más cruel, un encontronazo en el parque con ellos dos fundidos en un beso, una semana de indagaciones y una ruptura a gritos.

El mes habia pasado entre lloros, gritos, golpes, poca comida y mucho alcohol, mil mensajes en su contestador y ninguna respuesta, mil timbrazos a su puerta y mil cerrojos sin abrir, noches en vela, dias en la cama y desesperación, mucha desesperación.

Se acercó al muro que la separaba de la calle, como tantas otras veces, a observar las luces de la ciudad que se perdían en el horizonte. El atardecer se unia a la polución para darle a la ciudad un aspecto gris y triste, lo que acompañaba su estado de animo.

Justo en el momento en que una lágrima resbalaba por su mejilla un golpe de aire lleno su cara de frescor, meciendo su antes estupenda melena morena ahora apelmazada por la dejadez.

Recogió el aire con alegría, y abrió la boca para coger el máximo que pudiera, cerrando los ojos comenzó a recordar.

Su cara se iluminó con una sonrisa al recordar cómo había conocido a Jorge, diez años atrás, recién acabada la universidad. Fue un amor intenso, desde el primer momento, que les llevo a trasladarse al piso de soltera de su madre a los seis meses de relación. Recordó esos primeros seis meses de felicidad absoluta, de conocimiento mutuo y de entrega sin límites.

Hasta ese momento no habia sentido nada igual por ningún chico, ni los amores de su adolescencia. Eso le llevó a recordar su primer beso, con Julián, a los 15 años. Todavia una niña inocente que no sabia ni qué hacer con su lengua en esos momentos, esos besos robados en las escaleras de su casa, donde les pilló una tarde su abuela.

Su abuela, probablemente, la persona del mundo que más había querido. Empezó a recordar las tardes que pasaba con ella, en su regazo, con un tazón de chocolate caliente. Su recuerdo se iba haciendo más y más profundo y le llevaba hasta la niñez. Hasta esa bicicleta que su abuela le regaló en su primera comunión, la cosa que más deseaba en esos momentos.

Rebuscando en su memoria se acordó también del momento en que conoció a Marta, a los seis años, recién empezada la EGB. Era una niña regordeta y con coletas pero graciosa, muy graciosa. Congeniaron enseguida y se hicieron inseparables.

Ana estaba sorprendida con la rapidez que los recuerdos le venian a la mente, mientras el aire seguia golpeandola en la cara, haciendo que su respiración se volviera más fuerte al intentar llenar sus pulmones con todo él, como si se fuera a acabar en ese momento..

Siguió recordando, volviendo atrás en el tiempo y dejándose llevar por sus recuerdos. Asi llegó a su niñez, Doña Julia, en el parvulario, de ella recordaba cómo les enseñaba entre juegos y juegos, recordó también los domingos con sus primos en el chalet, bañándose en la balsa desnudos pues la piscina estaba en obras.

Y buscando, buscando en lo más profundo de su mente le pareció recordar incluso el momento de su nacimiento, cuando vio la luz por primera vez. Como el aire penetró en sus pulmones llenandolos hasta el límite, tal y como estaba haciendo ahora.

 

Luego el silencio, la oscuridad…

 

La nada.

BLOQUE SIETE (II): “Sin noticias del frente”

Todos los dias, a la misma hora, cuando llego del trabajo a mediodia me encuentro a la señora Vicenta. Es la madre de Carmen, la del segundo izquierda. Una pobre señora que, desde que se vino a vivir con su hija el año pasado ha envejecido mas de quince. Su hija se la trajo del pueblo el día que el dueño de la casa en la que estaba alquilada y por la que pagaba 100 pesetas “de las de antes, que con Franco tenían valor, y no ahora” le dijo que la casa estaba en ruinas, y que tenia que irse. En ruinas…, hasta que la arregló y la puso como casa rural, pero en fin, esa es otra historia.

 

El caso es que hoy, igual que ayer y que anteayer, la señora Vicenta ha bajado al patio, me ha saludado con el acostumbrado “hola joven, hay que ver, que altos son ahora los jovenes. ¿le importaría ayudarme?” y me señala el buzón, al que no llegan sus brazos. “Por supuesto, señora Vicenta, faltaría más”. Le cojo la llave, abro el buzón y miro dentro. Vacio. “Nada, que noy no tiene correo”. “Es por mi pobre Julio”, me comenta, “el pobre está atrapado en Teruel, los nacionales los tienen ya varios dias acorralados y no me puede escribir como antes, que me llegaba una carta casi cada dia, yo solo le rezo a Dios para que esta guerra absurda acabe y vuelva conmigo, aqui, a cuidar las cabras, que falta le hacen”, seguidamente me sonríe, me guiña un ojo y me dice “pero que la ganemos los rojos, eh?”.

Y baja la cabeza, para que no pueda ver su cara de tristeza y de preocupación por la vuelta de su marido, ni esa lágrima reprimida mientras sube por las escaleras.. “yo en ese trasto no me meto, que a saber dónde va”, agarrada a la barandilla y con las piernas temblorosas.

Pero hoy no. Cuando he llegado a casa estaba cambiada, sonriente, resplandeciente. La he encontrado sentada en la escalera y se ha puesto de pie en un salto. Ha venido hacia mi mostrando una sonrisa amplia, que le cubria toda la casa. Me ha cogido del brazo y estirándome para que la acompañara a subir la escalera me ha comentado, en un susurro, “me ha escrito, por fin me han llegado noticias suyas. Ay, mi Julio, que preocupada me tenía. Me cuenta que está bien, que han roto el cerco de los nacionales y que se están recuperando. Que no me había podido escribir porque se ha roto un dedo haciendo una trinchera, el pobre. De hecho la letra no es suya, es de un compañero del frente, el bachiller, le llaman. Y se nota, porque su letra es mucho mejor”. Y se ha puesto a llorar, la pobre, de la emoción. Esas lágrimas contenidas tanto tiempo, que desbordan en el momento que se libera la tension.

 

Esta vez he sido yo el que he bajado la cara, sonriendo y reprimiendo una lágrima de alegría en mi cara.

 

Es lo que tiene el ser filatélico, que siempre tienes sellos de la república guardados en un álbum. Y, ¿qué más da?, ya conseguiré otro igual en un mercadillo. Por supuesto, jamás tendrá el valor que ahora tiene éste.