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Día de partido

El patio del colegio. Aquellas tardes de llegar a casa con las rodillas despellejadas de las caídas al suelo con los pantalones cortos.

Su tío Rafa, el de Madrid, que llegó al pueblo con el balón de cuero bajo el brazo y se lo dejó junto a la almohada mientras dormía. Ese balón que su abuela tantas veces remendó y añadió parches para alargar un uso diario y constante.

Sus primeras botas. Negras con los cordones largos y también negros que se ataba tras darles un par de vueltas por debajo de los tacos de metal. Botas que limpiaba cuidadosamente con betún antes y después de cada partido.

Su debut en el juvenil del equipo. Se había ganado fama en la escuela y en los entrenamientos a los que acudía pese a no tener la edad y en los que se dejaba la piel, el sudor y el alma por mero disfrute de aquello que era su pasión.

El salto al primer equipo. Un domingo de otoño, lluvioso, frío, bajo un vendaval pero que a él le pareció el paraíso.

Las temporadas jugadas. De campo en campo, la mayoría de tierra como no podía ser de otra forma en aquel tiempo y en categoría regional. Todos aquellos domingos en los que se tenían que juntar varios jugadores en el coche de alguien de la directiva para poder acudir a un pueblo a poco más de treinta kilómetros de distancia pero a casi dos horas de trayecto por carreteras llenas de curvas y baches.

El ascenso a preferente. Ya casi al final de su carrera, con su mujer y su hijo de dos años en la grada, llorando junto a él mientras le colocaba el brazalete de capitán al pequeño al acabar el partido instantes antes de que el resto de compañeros lo cogieran y lo  lanzaran al aire entre gritos de júbilo.

El momento de la retirada. Ese partido homenaje entre su club y un equipo compuesto por jugadores del resto de equipos de la comarca. Todos rivales y todos amigos. La cena posterior y el discurso que sus lágrimas y el  aplauso del resto de presentes en la sala le impidieron terminar.

La otra cara, la de ver los partidos desde el banquillo, como entrenador. Noches de llegar tarde a casa porque el entrenamiento se había alargado más de la cuenta al ensayar tácticas. Madrugadas entre hojas cuadriculadas en las que habían cientos de campos dibujados con nombres de alineaciones. La vuelta a los domingos fuera de casa pero ahora con desplazamientos más cómodos, en autobús.

La escuela, los niños, el futuro. Su última etapa como entrenador del fútbol base en ese club que, en sus tiempos se mantenía por amor al deporte y cabezonería de unos cuantos y que ahora contaba con equipos en todas las categorías federadas. Sus consejos, sus riñas, su fama de dura disciplina y la admiración futura de todos aquellos que pasaron bajo su batuta.

Toda una vida con la misma pasión, la misma ilusión, la misma devoción y la misma implicación.

Todo eso lo sabía Ana porque se lo habían contado los hijos de Felipe, al que cuidaba todos los días en la residencia en la que éste se encontraba internado por culpa del alzheimer. Esa enfermedad que le había borrado todos los recuerdos de una vida vivida con intensidad.

Pero Ana no se lo cree. Piensa que algo queda, no es posible que todo se borre de un plumazo, dejando vacía de imágenes una mente, vaciando de contenido una vida entera.

Por eso hoy, que juega la selección, levanta a Felipe de su cama, lo sienta en la silla de ruedas, le pone la bufanda roja y amarilla,  lo lleva a la sala y lo deja frente al televisor. Luego coge una silla y se sienta enfrente de él, esperando que, como en todos aquellos días en los que hay partido, Felipe levante la cabeza, abra los ojos e ilumine su cara con una sonrisa en el momento en que escuche cómo el árbitro pita el inicio del encuentro, dejando en evidencia que ella tiene razón y que, por mucho que una enfermedad se empeñe en borrar recuerdos, es imposible que haga desaparecer también una pasión.

 

 

Plegaria inútil

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Los recuerdos llegaron a su mente a raudales, agolpándose por ocupar un sitio, casi sin tiempo a asimilarlos.

Primero fue la imagen de su yaya, en la cocina, con las manos llenas de harina de haber amasado aquel pan del que recordaba tanto su sabor como su olor, penetrante mientras se cocía en el horno de carbón.

Luego fueron las manos de su padre, ajadas, rasposas, fuertes, que, al llegar de la huerta la abrazaban con fuerza, levantándola en el aire para dar una voltereta, mientras su madre ahogaba un grito por lo cerca que pasaba su cabeza del suelo. Y luego el enfurruñamiento que fingía mientras era a ella a quien agarraba mi padre, intentando darle un beso. Y otra vez la yaya, santiguándose ante tal escándalo que presenciaban sus ojos.

Por último las voces, las risas, los cánticos infantiles en la calle, cuando, al salir del colegio, se reunían sobre la tierra lo chicos, con sus canicas y las chicas, con la cuerda o con la muñeca de trapo que tenía Manolita, regalo de su tío, el de Madrid.

Volvió a subir la vista, pero lo que le llegó entonces a raudales fueron las lágrimas: duras, amargas.

Lágrimas de rabia, de impotencia, al ver que era la imagen de la virgen a la que tanto se había implorado y la que tanto la había ignorado lo único que quedaba todavía en pie tantos años después del bombardeo.

Tu moto (bis)

¿Por qué no me llamaste? Pregunta absurda dónde las haya…

Porque ya no me lo puedes decir, porque ya no te tengo cerca, como antes.

Y me duele, me duele mucho. Me duele bajar a la calle y ver mi moto, en la acera y acordarme de ti.

De las horas pasadas junto a la puerta de tu casa, esperando a que tus padres te dieran el permiso para salir después de la comida del domingo. Mordiéndome las uñas por si ese día tenías que ir de visita y no podías venir conmigo.

De los kilómetros absurdos hechos únicamente con el fin de notar cómo tu cuerpo se acompasaba al mío haciendo uno solo, notar la suavidad de tus pechos en mi espalda. La de gasolina gastada sólo por tenerte abrazada a mi cintura.

De los ratos tensos porque te dejaba llevar la moto aunque no supieras. Debatiéndome entre la angustia de creer que nos caíamos y el placer de masajear tu torso. Suave, por debajo de tu camiseta. Poniéndome a cien y buscando el mejor sitio para parar y calmar nuestra ánsia.

Por eso muchos dias, cuando bajo a la calle y veo mi moto allí aparcada, sóla, envejecida, a la espera de seguir haciendo unos kilómetros con nosotros dos sobre ella, me apetece tirarla. Pero no puedo.

Por eso, la miro  con nostalgia y me pregunto; ¿Por qué no llamaste?, aunque se que es una pregunta absurda dónde las haya. Pero la seguiré mirando y me lo seguiré preguntando.

Porque no quiero que me sea indiferente.

…………………………

La culpa de estas palabras la tiene @RafaelTimer. Y para él va esta historia, para que piense que las preguntas, por absurdas que sean, siempre se deben realizar, porque alguien tiene una respuesta.

(.. y un poquito también, para la presi, porque es el contrapunto a la de la semana pasada)

 

Tu moto

Ayer pasé por delante de tu casa, vi tu moto y me dieron ganas de tirarla… quiero que me sea indiferente.

Pero no puedo.

Porque nunca me fueron indiferentes las horas que pasamos sobre ella; tu conduciendo, yo detrás, agarrada a tu cintura, buscando el calor que el aire me arrancaba del cuerpo, bajando el cuerpo en las curvas, acompasado al tuyo.

Porque nunca me fueron indiferentes las comidas de domingo en mi casa, con el oído cerca de la ventana, esperando el sonido que salía del tubo de escape para saltar corriendo de la mesa, con una excusa tonta que mis padres hacían que se creían, para bajar a la calle y encontrarte sobre ella, levantarte el casco y besarte, sabiendo que en la ventana se encontraba mi padre mirando y mi madre intentando evitarlo.

Porque nunca me fueron indiferentes tus insistencias en que la cogiera yo, para ir tu detrás, riéndote de mi falta de pericia, de mi inseguridad, de mi lentitud, de mis enfados fingidos por todas esas burlas.

Porque nunca me fueron indiferentes los paseos nocturnos por los caminos, de un pueblo a otro, en los que tu me hacías conducir a mi, sólo para que se hiciera más largo el trayecto mientras me cogías por detrás con las manos sobre mi pecho, dándome calor, poniéndome a cien sabiendo que tendríamos que parar a mitad para sofocar nuestra ansia.

Por todo ello no me puede ser indiferente. Porque todavía te llevo dentro, te noto, te siento.

Porque al fin y al cabo, eres parte de mi vida. Una parte que ya no está, pero que llena mis recuerdos. Porque añoro esa parte de mi juventud en la que los planes de futuro eran el pan de cada día.

Por eso me dolió que te fueras y cómo lo hiciste. Pero una parte de mi se resiste a romper los recuerdos, a cerrar el pasado, a olvidar. Una parte de mi quiere seguir siendo adolescente y vivir con la única preocupación de escuchar el sonido del tubo de escape bajo mi casa.

Pero es es imposible, puesto que no volverá a suceder.

Pero, ¿sabes una cosa?. He decidido recordar.

A partir de ahora pasaré por delante de tu casa, veré la moto y seré yo quien quiera que no me sea indiferente. Y me gustaría que lo tuvieras claro, no es por ti, es por los recuerdos de una época que no va a volver y que añoro.

Mañana pasaré por delante de tu casa, veré tu moto y me darán ganas de tirarla… pero no lo haré, porque no quiero que me sea indiferente.

…………………………

La culpa de estas palabras la tiene “la presi”. Y para ella va esta historia, para que no le vuelva a ser indiferente porque así lo decida ella.