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Siesta

 

Aún adormilada y perezosa, hizo un intento de estirarse, pero no llegó muy lejos. Le pesaban los brazos, el cuerpo, el pensamiento. La siesta le había sentado muy bien. Había sido una siesta profunda, reparadora, de esas de las que te cuesta respirar. Sonreía sin abrir los ojos.

Apoyado en el quicio de la puerta, él la observaba. Llevaba ya un rato ahí, incapaz de apartar la vista del pecho de ella, que, mientras dormía, subía y bajaba acompasado, haciendo que las sábanas azules se movieran al compás, en un movimiento hipnótico. Imaginaba que llevaba muy poca ropa bajo esas sábanas, quizá sólo algo negro y quería comprobarlo.

Ella entreabrió los ojos y lo vio, en la puerta. Volvió a sonreír. Volvió a bostezar, pero esta vez acompañó el bostezo de un estiramiento de brazo, desperezándose, haciendo que la sábana le cayera un poco por debajo del pecho derecho, dejando a la vista una areola tersa, tostada, justo en el centro de un pecho turgente, que desafiaba a la gravedad.

Él sonrió, había acertado en su primera impresión: llevaba poca ropa.

Ella levantó el otro brazo, dejando que la sábana cayera esta vez hasta su cintura, y cogiéndose con ambas manos sobre el negro de la forja del cabecero de la cama, que sobresalía sobre el rojo que teñía las paredes de la habitación. Él la contempló un instante, volviendo a su mente los momentos en los que aquellos barrotes habían asido las blancas muñecas, con blandos nudos trenzados por sus corbatas de seda. Avanzó hacia la cama.

Al llegar al borde, ella, con un giro rápido, salió de entre las sábanas y lo agarró de la cintura, haciéndolo caer entre sus piernas, que rápidamente lo abrazaron en una llave completada por sus brazos, que se cernieron sobre la espalda, juntando ambos pechos. No llegaron a rozar sus labios, simplemente se miraron a los ojos, como tantas otras veces, y sonrieron al unísono.

Él bajó lentamente sus brazos, rozando con las yemas de sus dedos las largas piernas que lo atenazaban y, también con suavidad, las separó de su cuerpo, librándose del tierno abrazo. Aprovechó para comprobar si su intuición seguía siendo igual de buena al acertar el color: llevaba unas bragas negras, de algodón, cuyo único adorno consistía en un ribete blanco que cubría la circunferencia de la cintura. Las cómodas, pensó, las de la siesta. Había vuelto a acertar.

Con diligencia, pero sin brusquedad, como en una caricia, metió su mano sobre la curva que dibujaba la cintura femenina que tenía debajo y la obligó a darse la vuelta, dejándola de espaldas. Con la yema de los dedos apartó su media melena castaña del lado derecho del cuello, dejando éste a la vista, momento que aprovechó para acercar sus labios al lóbulo y dejar un primer beso húmedo, caliente bajo el apéndice de carne.

Lentamente fue bajando hacia abajo, hacia el cuello, que colmó de besos y saliva, de calor, de humedad, de sudor y de sabor salado. Siguió bajando, parando cada cierto tiempo para humedecer sus labios y su lengua, que se iba secando a cada vértebra, a cada poro. Los omóplatos fueron oasis para los sentidos, ávidos de colmar el sentido del gusto. La lengua fue pasando de uno a otro, entre los huecos que dejaban al estremecerse y encogerse. Los picos del hueso daban paso a valles que la lengua cruzaba hasta debajo de la axila, justo en el sitio en el que nacían cada uno de los pechos, cuyo contorno ésta recorría con avidez para volver de nuevo hacia el centro de la espalda y cruzarla en un camino que se tornaba infinito por las curvas y requiebros que tomaba, intentando abarcar el mayor número de superficie posible al recorrerlo.

Poco a poco la lengua siguió su recorrido hacia abajo, hacia el final de la espalda, momento en el que encontró la franja blanca sabor de algodón que culminaba el telón del espectáculo esperado. Puso ambas manos sobre la cintura y empezó a empujar hacia abajo, dejando que el negro del tinte del algodón dejara a la vista un blanco suave, virgen del sol de verano, al que tenía prohibida la entrada.

A mitad de camino, volvió a bajar la cabeza, hundiendo la lengua justo al principio del cañón que formaban ambas nalgas, lo que fue correspondido con un ligero respingo, un breve gemido y una respuesta automática de los poros, que se erizaron, estimulando, a su vez, a la lengua.

En ese instante, un “ding” metálico sonó sobre el mármol de la mesilla de noche. Ambos abrieron los ojos y, mecánicamente, alargaron las manos hacia allí. A tientas localizaron el móvil y lo cogieron.

El icono verde les anunciaba que un mensaje nuevo les había llegado, con diligencia, desbloquearon el terminal y lo leyeron: “Estoy pensando en tí, llevo ya un rato sin que te vayas de mi cabeza”.

Sonrieron y pusieron sus pulgares sobre el teclado electrónico, comenzando a moverlos con diligencia.

Y volvieron a acariciarse, ya totalmente despiertos, sobre las pantallas luminosas de sus móviles, con agilidad y suavidad, pero, esta vez, a 215 kilómetros de distancia y de forma mucho más real.