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Déjate llevar

- No, no, no te gires, no me mires, simplemente, llévame. Lejos, muy lejos. Allí dónde el cielo se junta con las estrellas , dónde el mar se funde con el horizonte, dónde el aire mece las nubes haciéndolas bailar sobre un fondo azul celeste. O quizá más lejos todavía, dónde los sueños se cumplen con sólo volver a cerrar los ojos; dónde todos los labios tienen su contrapartida, no quedando ningún beso sin ser dado; dónde los abrazos son sinceros, cálidos, reconfortantes; dónde las manos sólo sirven para rozar con las yemas de sus dedos la piel ávida de contacto. Llévame lejos, muy lejos, dónde la música flote, las palabras fluyan y los pensamientos sean libres. Llévame allí, sin demora, porque sé que nuestros corazones latirán con mas fuerza.

– Que mire, señora, que yo la llevo. Pero la carera le va a salir por un pico.

– Ainsss… En fin, pues lléveme a Arturo Soria, a tráfico. Pero póngame usted la COPE.

– Ah, no. En mi taxi sólo se oye al Francino.

– …Y encima me toca el único taxista rojo de Madrid.

– ¿Cómo dice?

– Nada, nada, que ponga lo que quiera.

– Pues vamos marchando. Qué tiempo tan raro, ¿eh?, igual hace sol que llueve. Y qué días de aire.

– Si, si, si…

Pasión

No acababa de entender cómo había gente a la que no le gustaba San Valentín. Para él siempre era una fecha señalada en su calendario. Y más ese año.
Ese año estaba de suerte: tenía una chica preciosa y le había preparado una sorpresa.
La estancia estaba en penumbra, débilmente iluminada por un par de velas que se consumían lentamente, dejando ver una cubitera de la que asomaba una botella de cava a mitad.
Ella ya estaba tumbada, totalmente desnuda a no ser por una sábana blanca que tapaba unas formas insinuantes. Él mismo se había encargado de que esa noche la sábana fuera de seda.
Se desnudó lentamente sin dejar de mirarla. Cogió un pañuelo también de seda de una silla y de acercó.
Se situó detrás de su cabeza y le anudó suavemente el pañuelo a ésta, tapándole los ojos. Mientras lo hacía, acercó sus labios al lóbulo de la oreja y susurró “esto nos pondrá a cien”, notando como el roce con el vello de su oreja ponía cada poro de su piel en alerta, expectante.
Cuando se aseguró que el pañuelo le tapaba completamente la visión le dio un beso suave en la nariz y se colocó a sus pies.
Cogió con las dos manos la sábana y empezó a deslizarla suavemente hacia abajo, dejando que ésta fuera rozando cada centímetro de la blanca piel que iba dejando al descubierto. Al llegar al pecho paró un momento, notando cómo su excitación iba en aumento de forma gradual. Siguió más lento que antes hasta llegar a dejar al descubierto los pezones, momento en que dejó su sitio para acercarse a ellos, para pasar suavemente su lengua por los dos.
Volvió a los pies y siguió deslizando la sábana hasta que ella quedó completamente desnuda.
En ese momento comenzó a pasar las yemas de sus dedos por cada centímetro de la piel que había dejado al aire. Acompañaba sus dedos con los labios, que humedecían aquellas partes que aquellos habían dejado instantes antes. Comenzó por la planta de los pies y fue subiendo por la parte interior de las piernas, hacia los muslos. Pasó con delicadeza por encima del vello rizado y siguió hacia arriba, saboreando cada poro de aquella delicada piel.
Cuando sus labios estaban a la altura del cuello, cogió su miembro totalmente erecto y la penetró. Al principio fue suave, aumentando la potencia y la velocidad poco a poco.
El orgasmo le llegó como una explosión, que le llevó al placer mas absoluto, dejando que ella se llenara de su amor. Se dejó caer sobre su cuerpo con delicadeza, para no hacerle daño y fue recuperando el aliento mientras le besaba el cuello.
Una vez recuperado salió de su cuerpo y se puso en pié junto a ella. Se vistió lentamente y se acercó a quitarle el pañuelo de los ojos. Lo desanudó con delicadeza y le volvió a besar la punta de la nariz.
Apagó las velas y encendió la luz. Se acercó a ella, la volvió a tapar con una sábana normal y empujó la camilla hacia el compartimento frigorífico del depósito que le correspondía.
Se puso la bata y sonrió: era uno de esos días en los que tenía más claro porqué había elegido la medicina forense.