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Manchas

- Psst, ¡eh, chaval, ven un momento!

– Dígame, señor.

– Umm, Charlie, ¿no?. Eso pone en tu placa.

– Sí, señor.

– Mira, Charlie, quiero que me limpies el coche por dentro y por fuera, ¿ok?. Por fuera, con los rodillos es suficiente, pero por dentro, le metes una buena limpieza. Si consigues quitar esas manchas rojas del asiento de atrás, que no sé de qué son, a saber qué se le caería a mi mujer, te doy 20 pavos de propina. ¿Entendido?

– Perfectamente, señor.

– Eso sí, no abras el maletero, no quiero que lo limpies, ni lo toques. Es muy importante. ¿Lo harás?

– Por supuesto, señor, ni me acercaré.

– Buen chico. Mira, aquí tienes cinco dólares más, porque sé que me vas a hacer caso.

– Gracias, señor.

– Venga, Charlie, a la faena. Pasaré en dos horas. Métele caña a la tapicería, ¿ok?

– Perfecto, señor. Descuide.

– Ok, buen chico. Hasta luego.

-Hasta luego, señor.

 

 

 

Un único número

La noche era tranquila, apacible, la típica noche de finales de verano en la que el aire sigue siendo cálido sin llegar a agobiar. La media luna, en cuarto creciente, alumbraba lo justo como para poder vislumbrar el otro lado de la calle al mismo tiempo que dejaba a la vista un cielo negro plagado de estrellas.

Todo eso lo hubiera podido ver Frankie si hubiera levantado la cabeza que tenía hundida entre sus manos. Al igual que podría haber olido el suave aroma que desprendía el césped cortado unas pocas horas antes y que todavía se mantenía húmedo debido al riego programado, pero el cigarrillo que colgaba de sus labios también se lo impedía.

Y es que, sentado en las escaleras del porche, al final del camino de piedra que cruzaba el jardín estaba él, ajeno al cielo, al césped y al columpio que el aire hacía balancearse lentamente. Con la cabeza entre las manos, el cigarrillo consumiéndose en la boca y un ligero movimiento de cabeza, cualquiera que se hubiera acercado, habría podido escucharlo mascullar entre dientes:

– Mierda, mierda, mierda. De esta me mata. Joder. De esta no salgo.

Levantó la cabeza, cogió con diligencia el medio cigarrillo con toda su ceniza sin caer, lo sostuvo con los dedos pulgar y corazón y, con un gesto mil veces imitado, lo lanzó al aire. Frankie no pudo apartar la vista de la parábola roja que formó éste en el aire hasta llegar al césped, donde se apagó al contacto con la humedad.

Se levantó lentamente, metió la mano en el bolsillo y sacó un papel. Se lo acercó y alejó varias veces de su cara sopesándolo y, con él todavía en la mano, a un palmo de su nariz, se dirigió hacia la puerta de entrada a la casa. En el lateral derecho, en grandes números dorados, lucía una cifra, que, en aquel instante, a Frankie le pareció grotesca, chulesca, como queriéndose mofar de él.

Allí estaba: “6957”, en todo su esplendor. Volvió a fijar la vista en el papel y, de nuevo, a la pared. El 5, ligeramente ladeado, le llamó la atención y juró grabárselo con fuego en su memoria.

Blasfemó entre dientes y se dirigió hacia la puerta de entrada. Apartó la mosquitera y entró a la casa, cuya puerta estaba abierta. Dentro, el aire estaba enrarecido. Era denso, en comparación con el que acababa de dejar en el jardín. El pasillo estaba en penumbra, sólo iluminado por el reflejo de la luz del comedor, al fondo. Anduvo por el parquet con cuidado, como si no quisiera despertar a nadie y paró al llegar al espejo que estaba a la entrada del comedor. Se giró hacia él y se llevó el dedo índice al cuello, rebanándolo imaginariamente.

– Eres hombre muerto, Frankie – se dijo, con una media sonrisa.

Siguió avanzando por el pasillo y no se detuvo al entrar en el salón, encaminándose hacia la chimenea que presidía la estancia, aquel día, apagada. Al llegar, se fijó en el cuadro que colgaba sobre la repisa de ladrillo. Era un título de licenciado, de una universidad pública. En letras negras, brillantes, en el centro del mismo, se podía leer: “D. MICHAEL MctRULLY, FÍSICO”

Volvió a mirar el papel que todavía tenía en su mano, acercándolo de nuevo a su cara y leyó en voz alta: “NICHOLAS BEARK, 6967 Melbie Road”

Volvió a mover la cabeza pensando “un número, un puto número”. Sin dejar de moverla se dirigió hacia la cocina. Una vez allí, llegó hasta el fregadero, y, con cuidado de no mancharse los zapatos, se agachó. Estiró el brazo y su mano agarró el pelo con fuerza, levantando la cabeza. Un hilo de sangre colgaba de la boca hasta el suelo, dónde se podía ver la silueta de la cabeza que acababa de levantar dibujada en un charco rojo intenso, viscoso, todavía líquido, de una sangre que se resistía en coagular.

La mandíbula cayó hacia un lado, dibujando una mueca imposible en una cara a la que le faltaba una parte, reventada por la bala que le había entrado por la nuca y desgarrado parte de una mejilla. Frankie se dirigió al único ojo que quedaba:

– Lo siento de veras, tío, Mike. Lo siento de veras. De mañana no pasa. Juro que, si Henry no me mata, voy al puto oculista a que me pongan gafas.

Dejó la cabeza con suavidad de nuevo en el suelo. Se levantó, se ajustó la chaqueta y se dirigió hacia la puerta de salida, sorteando el charco que, poco a poco, iba inundando la cocina tiñéndola de escarlata.

Al llegar fuera, cogió aire, miró a las estrellas y volvió a murmurar:

– Me mata, de esta me mata.

Con paso firme, bajó las escaleras del porche y, haciendo caso omiso al camino, salió de la parcela por el césped.

 

Una nota discordante

Perseverante“. Así lo definió su madre el día que acudió a su primera clase de piano, hacía ya un par de años.

Desde aquel momento, dos tardes a la semana, una hora los martes y los jueves, se presentaba en aquella casa de estilo victoriano, saludaba con una ligera variación en sus labios, reprimiendo una sonrisa mientras el rojo coloreaba sus mejillas regordetas.

Pocas palabras escuchó de su boca. Casi flotando, sin hacer ruido, se sentaba en el piano y empezaba a hacer sonar sus notas, con la mirada fija en la partitura. Tenía los dedos torpes, como parecía ser todo él y aguantaba los reproches bajando la cabeza, hundiendo la barbilla en su pecho y ahogando una disculpa totalmente inaudible. Y continuaba, lo seguía intentando, una y otra vez.

Un par de veces, en verano, lo descubrió con la mirada fija en su generoso escote, que quizá mostraba más carne de la debida por el exceso de calor. A partir de ese momento, comenzó a jugar. De forma pícara al principio, a ver qué ocurría, luego ya intentando averiguar qué pasaría si forzaba la cuerda, si la tensaba.

Descubrió el maravilloso placer que le proporcionaba el ruborizar, amedrentar y avergonzar a aquel alumno con miradas esquivas, roces intencionados al poner los dedos en las teclas correctas, órdenes susurradas con la excusa del ritmo junto a sus oídos, cruces de piernas cuando la falda era corta, besos en las mejillas más largos de lo habitual por fechas señaladas y melodías a cuatro manos, con los cuerpos bien juntos en el taburete.

Disfrutó de su superioridad, su poder, su mando sobre aquel cuerpo todavía imberbe pese a su ya avanzada adolescencia. Anhelaba cada semana que volviera de nuevo para cargar sobre él toda su sensualidad, paladeando cada instante de humillación.

Ahora, en el sótano de aquella casa que pensaba abandonada, desnuda, atada a una silla y con el sabor de la sangre de su labio roto tras las sucesivas bofetadas, maldecía cada uno de esos momentos, esos instantes que ella tomó como placer. Jamás llegó a pensar que aquella mente tímida, callada, pausada, podría revelar en algún momento semejante violencia.

El piano falló. Una nota discordante se elevó hacia el techo echando a perder la melodía.

Ahogó un grito bajo su mordaza al ver cómo él volvía a suspirar, maldecía, se levantaba y, en esta ocasión, cogía un pequeño abrecartas afilado entre sus dedos.

Justo antes de desmayarse pudo escuchar como aquella voz tímida se tornaba una vez más dura para decirle al oído, en un susurro, mientras pasaba el metal suavemente por su lóbulo: “Esta nota tampoco me la has enseñado bien, puta”.

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Fue @dtorresd6 quien vino de visita y nos propuso las tres palabras que han estimulado mi imaginación para este relato (Partitura, Revelar, Perseverante).

Gracias, David, por tu visita y tus palabras. Espero que te haya gustado y vuelvas a esta casa de vez en cuando. Este es tu relato.

Celos

 

Y allí estaba, llorando desconsoladamente en el sofá y preguntándose qué error había cometido, mientras con sus manos ensangrentadas sostenía su camisa manchada con el pintalabios de otra.

En ese momento, en la radio, empezaba a sonar su canción.

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La culpa de esta historia es de @Pilidorita

Gracias por tus tres palabras

 

Ella

 

– Ya voy, ya voy – Protestó Julián.
Su voz sonaba cansina, era la cuarta vez que tenía que ir a acostar a Julen. Esa noche estaba especialmente nervioso y no había forma de que se quedara quieto en su cama.
– No se que le pasa – le dijo a Vicen. – lleva una noche muy rara. Voy a ver si quiere algo. Ahora bajo.
Casi arrastrando los pies se levantó, dejando en el plato la cuchara con la sopa de la cena. “Esta vez tambien me la acabaré fria”, pensó.
Subió al piso de arriba, a la habitación.
– ¿Qué te pasa ahora, pequeñajo? – preguntó mientras se sentaba en la cama. – ¿no quieres dormir?.
– Mientras ella no se vaya no.
Su voz sonó distinta, dura, seca, como si hubiera madurado de golpe.
– Ella.. ¿quién?. Aquí no hay nadie.
Julen señaló con su pequeña mano hacia la puerta, sacando poco a poco su dedo índice de forma temblorosa.
Julián se giró hacia la puerta para calmar a su hijo y convencerle de que no había nadie, pero algó le extraño. Una fugaz sombra había parecido pasar por el pasillo hacia la habitación contigua, la que estaban preparando para su futuro retoño, que llegaría en un par de meses.
– Espera un momento, voy a cerrar la puerta de la habitación de tu hermano, bueno, del que será tu hermano – dijo con una sonrisa.
La verdad es que le había extrañado dicha sombra, pensó que se trataría de un cambio de luces de un coche en la calle, pero le había picado y se acercó no fuera que algún gato hubiera entrado por la ventana.
Al acercarse a la habitación de al lado empezó a notar frio, mucho frio. Demasiado para la época en que estaban.
Entró a la habitación y encendió la luz.
– Vaya, por dios. La ventana abierta – masculló.
Se acercó a cerrarla cuando se cerró la puerta.
– Dichoso aire, mira que he dicho veces que se cierre esta ventana, que se va el calor de la casa.
Cerró la ventana y volvió hacia la habitación de Julen.
Al ir a abrir la puerta no pudo. La manivela estaba atrancada. Empezó a moverla con fuerza, empujando la puerta hacia delante y atrás. Mientras, oía como en la habitación de al lado, su hijo se movía con rapidez por encima de la cama, saltando, corriendo, deslizándose.
– Julen, para enseguida – Le gritó – Ahora salgo, pero estate quieto.
Finalmente la puerta cedió.
Pasó a la otra habitación.
A duras penas se mantuvo en pie.
Lo que allí estaba viendo estaba fuera de toda lógica.
Echado en la cama, boca abajo pero con la cabeza totalmente girada estaba Julen. Sus ojos, todavía abiertos, reflejaban un horror que todavía se podía palpar en el ambiente. Su cuerpo desnudo estaba cubierto de infinidad de cortes de los cuales todavia salian pequeños regueros de sangre que habían cubierto la totalidad de la cama, dejando el pequeño cuerpo casi flotando sobre un charco rojo. En el centro justo de la espalda de su hijo aparecía un cuchillo de grandes dimensiones clavado hasta el mango. Un cuchillo que él núnca había visto en casa.

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Vicen estaba tranquilamente comiendo una manzana cuando escuchó un grito. Fuerte, desgarrador. Un grito que denotaba puro terror. Saltó de la silla y echó a correr hacia el piso de arriba. No sabía qué podía haber llevado a su marido a chillar de esa forma.
Cuando llegó encontró la puerta de la habitación de Julen cerrada. Con miedo, mucho miedo se decidió a abrirla.
Lo que allí vió la desconcertó por completo.
Sentado en la cama, llorando de puro miedo en una esquina estaba Julen, con las manos en la cara girado hacia la esquina opuesta de la puerta, sin querer mirar a su padre, quien, estaba en el suelo, hecho un ovillo, llorando amargamente mientras escondía su cabeza entre las piernas.
Vicen se adelantó a abrazar a su marido para tranquilizarlo y pedirle alguna explicación cuando tropezó con algo.
Sus pies habían topado con un cuchillo de grandes dimensiones. Un cuchillo que ella nunca había visto en la casa.