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Advertencia

Tenía las manos entrelazadas por encima de su cabeza. Él las sujetaba con fuerza, con una mano aguantando ambas muñecas al mismo tiempo, mientras las presionaba sobre la puerta del frigorífico al que habían llegado a golpes, a empujones, tropezando antes con algunos muebles de la cocina, él empujando su cadera, ella dejándose llevar.

Él puso sus dedos índice y corazón en su nuca, y los fue llevando lentamente hacia el lóbulo de su oreja. La esquivó lentamente, siguiendo su camino por la barbilla, hacia el cuello. Sus labios estaban a escasos milímetros de distancia, lo que hacía que casi se rozaran cada vez que ella jadeaba, boqueando mientras buscaba aire para llenar sus pulmones.

– Soy capaz de subirte al cielo – empezó a decir él, susurrando, sin separar sus labios ni un ápice – De hacerte gritar de placer. De ponerte a mi merced.

Mientras iba hablando su mano seguía bajando por su cuerpo: tras la barbilla llegó el cuello, que ella ofreció ladeando ligeramente la cabeza, lo que él aprovechó para deslizar su cabeza y besarlo, con un beso húmedo, dejando que sus labios resbalaran por la piel, ya sudada, mientras su mano seguía hacia el escote.

Tras el beso volvió a subir la cabeza, para volver a poner sus labios a escasos milímetros de los de ella, y siguió con su discurso.

– Soy capaz de  grabar mi nombre a fuego en tu corazón, en tus entrañas, en tu cabeza. Soy capaz de hacer que susurres mi nombre aunque encima tengas a otro…

Tras resbalar por la piel entre los pechos y acariciar el pequeño pedazo de tela suave que unía ambas copas del sujetador, la mano siguió hacia abajo, por encima de la camisa, a la que le quedaban dos botones para acabar de desabrocharse. Al llegar al pantalón ella escondió la barriga, en un acto reflejo que no dejaba ninguna duda a la invitación a continuar.

– Soy capaz de humedecerte con sólo saludarte, con sólo llamarte, con sólo enviarte un mensaje. Soy capaz de hacer que jadees con una mirada. Soy capaz de hacerte temblar de placer hasta que pierdas el sentido…

Ella se mordió suavemente el labio cuando los dedos alcanzaron su vello púbico, empezando a acariciarlo, enredándose en ellos, mientras él los acariciaba con suavidad. Hasta que, lentamente, notó como cerró la mano sobre ellos, estirándolos con suavidad, lo que la sorprendió gimiendo, esperando más.

– Soy capaz de todo eso, y mucho más…

Los dedos se cerraron con más fuerza sobre el vello.

– Pero recuerda. Soy un hombre… y puedo ser capaz también de ser muy hijo de puta.

La mano se aferró con fuerza y salió hacia afuera del pantalón, llevando tras de sí una mínima mata de esos cabellos. Ella gimió más fuerte, mordiéndose el labio inferior, ahogando un grito que le subía de dentro, caliente.

Él se giró, se llevó la mano hacia la cara y aspiró el aroma de aquel trofeo que le sobresalía negro, brillante, ensortijado, entre los dedos. Lentamente se dirigió hacia la puerta, la abrió y, sin mirar atrás, salió y cerró.

Ella resbaló su espalda sobre la puerta del frigorífico hasta quedar sentada en el suelo. Se llevó las manos a la cara y, casi en silencio, entre susurros, comenzó a llorar.

Pasión

No acababa de entender cómo había gente a la que no le gustaba San Valentín. Para él siempre era una fecha señalada en su calendario. Y más ese año.
Ese año estaba de suerte: tenía una chica preciosa y le había preparado una sorpresa.
La estancia estaba en penumbra, débilmente iluminada por un par de velas que se consumían lentamente, dejando ver una cubitera de la que asomaba una botella de cava a mitad.
Ella ya estaba tumbada, totalmente desnuda a no ser por una sábana blanca que tapaba unas formas insinuantes. Él mismo se había encargado de que esa noche la sábana fuera de seda.
Se desnudó lentamente sin dejar de mirarla. Cogió un pañuelo también de seda de una silla y de acercó.
Se situó detrás de su cabeza y le anudó suavemente el pañuelo a ésta, tapándole los ojos. Mientras lo hacía, acercó sus labios al lóbulo de la oreja y susurró “esto nos pondrá a cien”, notando como el roce con el vello de su oreja ponía cada poro de su piel en alerta, expectante.
Cuando se aseguró que el pañuelo le tapaba completamente la visión le dio un beso suave en la nariz y se colocó a sus pies.
Cogió con las dos manos la sábana y empezó a deslizarla suavemente hacia abajo, dejando que ésta fuera rozando cada centímetro de la blanca piel que iba dejando al descubierto. Al llegar al pecho paró un momento, notando cómo su excitación iba en aumento de forma gradual. Siguió más lento que antes hasta llegar a dejar al descubierto los pezones, momento en que dejó su sitio para acercarse a ellos, para pasar suavemente su lengua por los dos.
Volvió a los pies y siguió deslizando la sábana hasta que ella quedó completamente desnuda.
En ese momento comenzó a pasar las yemas de sus dedos por cada centímetro de la piel que había dejado al aire. Acompañaba sus dedos con los labios, que humedecían aquellas partes que aquellos habían dejado instantes antes. Comenzó por la planta de los pies y fue subiendo por la parte interior de las piernas, hacia los muslos. Pasó con delicadeza por encima del vello rizado y siguió hacia arriba, saboreando cada poro de aquella delicada piel.
Cuando sus labios estaban a la altura del cuello, cogió su miembro totalmente erecto y la penetró. Al principio fue suave, aumentando la potencia y la velocidad poco a poco.
El orgasmo le llegó como una explosión, que le llevó al placer mas absoluto, dejando que ella se llenara de su amor. Se dejó caer sobre su cuerpo con delicadeza, para no hacerle daño y fue recuperando el aliento mientras le besaba el cuello.
Una vez recuperado salió de su cuerpo y se puso en pié junto a ella. Se vistió lentamente y se acercó a quitarle el pañuelo de los ojos. Lo desanudó con delicadeza y le volvió a besar la punta de la nariz.
Apagó las velas y encendió la luz. Se acercó a ella, la volvió a tapar con una sábana normal y empujó la camilla hacia el compartimento frigorífico del depósito que le correspondía.
Se puso la bata y sonrió: era uno de esos días en los que tenía más claro porqué había elegido la medicina forense.

Noche de pasión

Bajo las sábanas, dos cuerpos se movían al compás. Piel sobre piel se exploraban, se buscaban, se rozaban, se amaban.

Al pie de la cama, un gran crucifijo de madera sobre una tela negra arrugada, dejada caer con las prisas sobre la que sobresalía la esquina blanca, impoluta de un alzacuellos.

– Padre, ¿usted me ama?- Dijo ella.
– Hermana – contestó él sacando la cabeza de entre sus delicados pechos – Sabes que mi amor únicamente puede estar dirigido a Dios.
– Pero Padre – replicó – sin amor, sólo sexo es muy triste.

– Ya, hija mia, pero más triste es el sexo solo.

– …. Joder, Paco, tenías que decirlo.

– ¿qué pasa?, sólo te seguía el juego.

– ¿el juego?, pues ahora no me quito de la cabeza la imagen tuya, ale, dale que dale.

– Maruja, por Dios….

– Nada, que se me ha cortado.

– Te recuerdo que la idea del jueguecito éste del cura y la monja fue tuya, por el rollo de innovar y todo eso, que desde que viste el pájaro espino estás que no eres tu.

– Mira, no me eches ahora en cara eso… que tu muy activo no eres.

 – No, si encima la culpa de que todas las noches estés cansada será mía.

– Mamaaaaa !!!! quiero agua.

– La leche, ya se ha despertado el niño, lo que faltaba.
– Claro, con tanto ruido, no me extraña… Juan, tienes agua en tu mesita.
– Bueno, ¿y ahora que?
– Pues a dormir, que mañana madrugamos.
– Joder, Maruja, otra noche en blanco.
…..
– Paco.
– ¿qué tripa se te ha roto ahora?
– ¿tu me amas?
– Vete a la porra.
– ppfffff, jajajajajaj
– jajajajajja, anda, duérmete no se despierte otra vez el niño. Buenas noches.
– Buenas noches

 

Esta historia viene por los posts y comentarios de Olga (@tekuidamos) en su blog