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Cuellos

Siempre tuvo debilidad por los cuellos.

Los adoraba, eran su punto débil.

Podía hablarte de todos aquellos que había conocido, por poco que hubiera estado en contacto con ellos, por un leve roce, por una caricia, por un suave tacto. Era capaz de enumerar sus fallos, sus defectos, sus virtudes, sus perfecciones. Con toda claridad enumeraba sus pecas, sus lunares, sus cicatrices, sus pliegues.

Cada vez que tenía ocasión observaba cada centímetro, desde la nuca hasta el principio de la espalda; hacia delante, hacia las clavículas; por el costado, hacia los hombros; desde la barbilla hacia abajo.

Podías estar con él en un bar y ver cómo miraba embelesado el cuello de la chica que tenía delante, la cual se había echado hacia un lado la melena y había dejado a la vista ese trozo de piel. En ese momento se abstraía de la conversación, perdía el sentido del tiempo y se quedaba con la vista inmóvil sobre aquel punto de la anatomía.

Conocía cada músculo, cada vena, cada nervio que atravesaba los cuellos de cualquier humano. Sin distinciones, hombre o mujer, admiraba todos por igual, aunque el femenino siempre le podía por la suavidad de su piel. Cada vez que se acercaba a el cuello de alguna mujer lo hacía con precaución, con cuidado, con auténtica veneración, observando sus curvas.

Podías ponerle delante a la mujer más hermosa del mundo completamente desnuda que él sólo tendría ojos para su cuello, obviando el resto de su anatomía para centrarse en su obsesión. No las caderas, ni los ojos, ni el pecho, observaría su cuello y lo guardaría en su memoria para siempre, junto con el resto de aquellos a los que su vista o tacto había tenido acceso.

Siempre tuvo debilidad por los cuellos. Siempre supo respetarlos. Siempre supo tratarlos.

Fue, sin duda, nuestro mejor verdugo.