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Café frío.

La comida fue agradable, como todas. Solía ir poco a Madrid, por lo que aprovechaba sus escasas escapadas para quedar a comer con alguno de los conocidos que allí tenía: gente variopinta, conocida, poco, por twitter pero con la que se identificaba a la hora de charlar, debatir y reír. Y, al fin y al cabo, eso es lo que encontró: risas, chafardeos y puestas al día en trabajo y proyectos.

Un par de veces le fue imposible que ella lo sorprendiera mirándola sonreír, a lo que él le respondía son otra sonrisa, aguantándose las miradas por unos eternos segundos.

Tras los cafés llegó la despedida: él tenía que volver a casa y su tren salía desde Atocha. Ella se ofreció a acompañarle: “Me pilla de paso y tengo viajes en el bono, yo te invito al viaje”. Besos, abrazos y promesas de volver a llamar al retornar a la capital.

Entraron al vagón y se quedaron de pie junto a la puerta, ambos agarrados a la barra central. Las primeras estaciones fueron una continuación de la comida, aderezadas con recuerdos recientes de la misma, comentando las mejores jugadas y riendo las bromas repetidas.

En un momento dado, al salir de la tercera estación hubo un breve frenazo, la mano de ella se deslizó por la barra hasta que su dedo meñique quedó sobre la mano de él, que seguía firmemente agarrada a la barra. Ella deslizó el dedo un poco más hacia abajo, acariciando levemente el dorso de la mano.

Él levantó la mirada y sus ojos se encontraron. El brillo del otoño de los ojos de ella contrastaba con su sonrisa, esta vez triste.

– ¿Tienes que coger ese tren? – Preguntó ella.

– Sabes que sí – Contestó. – No puedo quedarme, no tengo excusa. Mi familia me espera.

– ¿No podrías…

No pudo acabar la frase. Él posó su dedo índice sobre los labios de ella, con delicadeza. El contacto le erizó la piel. La suavidad era tal y como tantas veces lo había soñado.

– Por favor, no lo hagas más difícil. Sabes que llevo tiempo deseándolo.

Las últimas tres estaciones se hicieron eternas. Incapaces ambos de aguantarse la mirada pero deseando que ésta se encontrara. El silencio se hizo espeso, ninguno de los dos fue capaz de articular palabra.

La despedida en Atocha fue cálida: él la cogió por la cintura y a atrajo hacia sí, el abrazo duró tres segundos más de lo normal, lo justo para que el calor de ambos cuerpos se encontrara y los dos besos fueron lentos y silenciosos. Tomaron sus caminos cabizbajos: él hacia el andén, ella de vuelta al metro.

En los tornos de entrada, a punto de pasar el bono un doble pitido del teléfono la sacó de sus pensamientos: “He retrasado el billete para el último tren, tengo una hora, ¿un café?”.

Volvió sobre sus pasos. A mitad de camino se encontraron. No hicieron falta palabras. Cogidos de la mano salieron de la estación hacia una cafetería a mitad de la cuesta de Atocha.

Hablaron poco. Se besaron mucho.

Se enfrió el café.

Caliente

Lo de esta noche no ha sido un sueño, me niego a aceptarlo. Ha sido real, muy real. Lo he sentido, lo he notado, lo he vivido.
Porque, aunque muchas otras noches sólo eran fantasías, hoy he notado cada gota de sudor que caía por mi cuerpo, desde mi cabeza, resbalando por mi cara, por mi pecho, por mi espalda, dejando toda mi piel perlada de pequeñas gotas que empapaban las sábanas al contacto con ellas.
También han sido reales los escalofríos, ese pequeño temblor que empieza en la nuca y va bajando hacia las piernas, donde se intensifica, donde se concentra para explotar en el momento justo, volviendo a inundar al resto del cuerpo.
También he notado mis labios ávidos de fluido, secos por la respiración agitada, entrecortada, rápida.
Me he despertado caliente, muy caliente, todavía totalmente empapado de sudor, todavía sintiendo un leve estremecimiento en todo mi cuerpo.
He susurrado tu nombre, al no recibir respuesta, me he aventurado a repetirlo, más fuerte. Nada. No estabas. A mi lado, la cama permanecía vacía.
Ya te habías ido, como de costumbre, a trabajar. Me he levantado, tembloroso y me he acercado al baño. Tras tomarme el Frenadol, me he vuelto a la cama. Poco a poco he ido notando cómo bajaba la calentura.

Siesta

 

Aún adormilada y perezosa, hizo un intento de estirarse, pero no llegó muy lejos. Le pesaban los brazos, el cuerpo, el pensamiento. La siesta le había sentado muy bien. Había sido una siesta profunda, reparadora, de esas de las que te cuesta respirar. Sonreía sin abrir los ojos.

Apoyado en el quicio de la puerta, él la observaba. Llevaba ya un rato ahí, incapaz de apartar la vista del pecho de ella, que, mientras dormía, subía y bajaba acompasado, haciendo que las sábanas azules se movieran al compás, en un movimiento hipnótico. Imaginaba que llevaba muy poca ropa bajo esas sábanas, quizá sólo algo negro y quería comprobarlo.

Ella entreabrió los ojos y lo vio, en la puerta. Volvió a sonreír. Volvió a bostezar, pero esta vez acompañó el bostezo de un estiramiento de brazo, desperezándose, haciendo que la sábana le cayera un poco por debajo del pecho derecho, dejando a la vista una areola tersa, tostada, justo en el centro de un pecho turgente, que desafiaba a la gravedad.

Él sonrió, había acertado en su primera impresión: llevaba poca ropa.

Ella levantó el otro brazo, dejando que la sábana cayera esta vez hasta su cintura, y cogiéndose con ambas manos sobre el negro de la forja del cabecero de la cama, que sobresalía sobre el rojo que teñía las paredes de la habitación. Él la contempló un instante, volviendo a su mente los momentos en los que aquellos barrotes habían asido las blancas muñecas, con blandos nudos trenzados por sus corbatas de seda. Avanzó hacia la cama.

Al llegar al borde, ella, con un giro rápido, salió de entre las sábanas y lo agarró de la cintura, haciéndolo caer entre sus piernas, que rápidamente lo abrazaron en una llave completada por sus brazos, que se cernieron sobre la espalda, juntando ambos pechos. No llegaron a rozar sus labios, simplemente se miraron a los ojos, como tantas otras veces, y sonrieron al unísono.

Él bajó lentamente sus brazos, rozando con las yemas de sus dedos las largas piernas que lo atenazaban y, también con suavidad, las separó de su cuerpo, librándose del tierno abrazo. Aprovechó para comprobar si su intuición seguía siendo igual de buena al acertar el color: llevaba unas bragas negras, de algodón, cuyo único adorno consistía en un ribete blanco que cubría la circunferencia de la cintura. Las cómodas, pensó, las de la siesta. Había vuelto a acertar.

Con diligencia, pero sin brusquedad, como en una caricia, metió su mano sobre la curva que dibujaba la cintura femenina que tenía debajo y la obligó a darse la vuelta, dejándola de espaldas. Con la yema de los dedos apartó su media melena castaña del lado derecho del cuello, dejando éste a la vista, momento que aprovechó para acercar sus labios al lóbulo y dejar un primer beso húmedo, caliente bajo el apéndice de carne.

Lentamente fue bajando hacia abajo, hacia el cuello, que colmó de besos y saliva, de calor, de humedad, de sudor y de sabor salado. Siguió bajando, parando cada cierto tiempo para humedecer sus labios y su lengua, que se iba secando a cada vértebra, a cada poro. Los omóplatos fueron oasis para los sentidos, ávidos de colmar el sentido del gusto. La lengua fue pasando de uno a otro, entre los huecos que dejaban al estremecerse y encogerse. Los picos del hueso daban paso a valles que la lengua cruzaba hasta debajo de la axila, justo en el sitio en el que nacían cada uno de los pechos, cuyo contorno ésta recorría con avidez para volver de nuevo hacia el centro de la espalda y cruzarla en un camino que se tornaba infinito por las curvas y requiebros que tomaba, intentando abarcar el mayor número de superficie posible al recorrerlo.

Poco a poco la lengua siguió su recorrido hacia abajo, hacia el final de la espalda, momento en el que encontró la franja blanca sabor de algodón que culminaba el telón del espectáculo esperado. Puso ambas manos sobre la cintura y empezó a empujar hacia abajo, dejando que el negro del tinte del algodón dejara a la vista un blanco suave, virgen del sol de verano, al que tenía prohibida la entrada.

A mitad de camino, volvió a bajar la cabeza, hundiendo la lengua justo al principio del cañón que formaban ambas nalgas, lo que fue correspondido con un ligero respingo, un breve gemido y una respuesta automática de los poros, que se erizaron, estimulando, a su vez, a la lengua.

En ese instante, un “ding” metálico sonó sobre el mármol de la mesilla de noche. Ambos abrieron los ojos y, mecánicamente, alargaron las manos hacia allí. A tientas localizaron el móvil y lo cogieron.

El icono verde les anunciaba que un mensaje nuevo les había llegado, con diligencia, desbloquearon el terminal y lo leyeron: “Estoy pensando en tí, llevo ya un rato sin que te vayas de mi cabeza”.

Sonrieron y pusieron sus pulgares sobre el teclado electrónico, comenzando a moverlos con diligencia.

Y volvieron a acariciarse, ya totalmente despiertos, sobre las pantallas luminosas de sus móviles, con agilidad y suavidad, pero, esta vez, a 215 kilómetros de distancia y de forma mucho más real.

 

 

 

 

Eterna

El día había sido aburrido. La feria era un verdadero tedio, una auténtica perdida de tiempo. En la empresa habíamos decidido venir porque, pensábamos, que el sector asegurador sólo era rancio en España. Pero, ya por la mañana, nuestra creencia se había ido por los suelos: También lo era fuera de nuestro país.

La tarde no había mejorado: un par de contactos, una charla intrascendente, tres visitas a entidades… Así que, un poco antes de lo previsto, decidí ir a descansar un poco al hotel.

Una vez allí, tumbado en la cama, me puse a pensar lo diferente que hubiera sido si hubieras podido acudir tú también a un encuentro profesional, tal y como comentaste.

Hubiera sido gracioso el conocernos aquí, ¿verdad?, estando tan cerca en España y hacer más de 1.000 kilómetros para vernos las caras.

Habríamos quedado cerca del Pantheon. Siempre me has comentado que es tu monumento favorito, así que sería el mejor sitio.

Apoyado en la fuente del centro, te habría visto llegar y mi estómago hubiera dado un vuelco, removiendo el millón de mariposas que, desde que hablo contigo, han hecho de ese rincón de mi cuerpo, su hogar.

Tras los dos besos de rigor, nos hubiéramos sentado en una de las terrazas de la plaza a tomar un café. La charla hubiera sido la normal: el trabajo, el tiempo, la ciudad, la familia, hasta que, incapaces ambos de hablar lo que tan bien no sale el escribir, hubiéramos decidido ir paseando a ver el Coliseo, que yo no conocía.

El trayecto habría sido cordial, entre risas nerviosas y bromas ligeras, con las palabras más saliendo por nervios que por deseo realmente de decirlas.

El sofocante calor hubiera hecho que, en la Piazza Venezia, hubiéramos parado a pedir un helado en uno de los puestos callejeros. Me habría reído de tu italiano macarrónico una vez reanudado la marcha, lo que me habría reportado un puñetazo cariñoso en el hombro.

Al llegar al Coliseo te habría hecho parar para quitarte con la yema de mi dedo un poco de helado que se te habría quedado en la comisura de los labios, rozándote suavemente éstos. Un maldito vendedor ambulante de agua habría roto el momento al acercarse con su cantinela y habríamos vuelto a pasear, en silencio, ambos sin saber qué decir tras ese instante  en el que el tiempo, y los paseantes, se habían detenido.

Tras un vistazo rápido, hubiéramos decidido ir a cenar a una de las terrazas de la Piazza Navona, siempre animada por músicos callejeros. De camino, al ir a cruzar la Via de San Marco, una moto se habría saltado el paso de cebra lo que me hubiera llevado a apartarte con rapidez cogiéndote de la mano. Ya no te la habría soltado. Nuestros dedos se habrían entrelazado y ambos habríamos bajado la vista, incapaces de sostenernos la mirada.

Una vez allí, mientras buscábamos un sitio para acomodarnos, unos acordes de violín de una joven, probablemente una estudiante de música buscando un poco de dinero para los gastos de sus estudios, nos habría llamado la atención. Me habría acercado a ella, con diez euros en la mano y le habría susurrado una canción al oído. Ella habría sonreído y se habría preparado.

El primer compás de “Por una cabeza” me habría pillado ya con la mano en tu cintura y, tras un primer momento de indecisión, te habrías dejado llevar, moviéndonos ambos al compás del ritmo de tango que el violín iba desgarrando. En las últimas notas te habrías dejado caer sobre mi brazo y nuestras miradas se habrían encontrado. El pequeño corro que habríamos hecho en nuestro baile habría empezado a aplaudir, pero nosotros no lo habríamos escuchado, pues nuestros labios se habrían juntado por primera vez.

Ya no hubiera habido cena, aunque sí mucha hambre. El camino hacia el hotel habría sido una sucesión de batallas, dónde cada portal hubiera sido una trinchera en la que buscar el cuerpo del otro se habría convertido en la norma habitual. Cada esquina, cada semáforo, cada cruce hubiera servido para recobrar un aliento que hacía rato que habríamos perdido.

Me habrías contado que te alojabas en el Quatro Fontane, un pequeño hotel frente al Palazzo Barberini muy pequeño, pero con unas habitaciones, a ti, que tanto te gusta la decoración, preciosas. Pero, sinceramente, no me habría fijado en la habitación dado que, al llegar, de un empujón me habrías dejado sentado en la cama mientras tu, de pie, enfrente, de habrías desabrochado los tirantes del maravilloso vestido azul que llevabas puesto, dejándolo caer al suelo y dejándome hipnotizado por la vista de tu cuerpo desnudo, sólo cubierto por unas preciosas bragas de encaje negro que no hacían más que resaltar tus curvas y que te habrías quitado lentamente, sin dejar de mirarme a los ojos.

Tras ese momento, habría llegado la verdadera batalla, en la que brazos, manos, dedos, bocas, lenguas y ojos habrían escudriñado, acariciado, besado y saboreado cada una de las partes de nuestros cuerpos, haciendo y deshaciendo nudos, mientras las respiraciones se sincronizaban y se perdían, entre jadeos, gemidos y suspiros.

El agotamiento habría dejado que el sueño nos pillara en el último beso, incapaces de desearnos buenas noches, al no poder despegar nuestros labios.

A las cuatro de la mañana me habría despertado notando el tacto de la seda de tu cintura en mis dedos, oliendo el aroma de tu larga cabellera castaña, escuchando tu respiración tranquila y viendo cómo, al compás de ésta, tu pecho subía y bajaba. Así que no habría tenido más remedio que utiliza el único sentido que me quedaba libre y te habría empezado a saborear. Lentamente. Hubiera empezado en el lóbulo de la oreja y habría ido bajando hacia el cuello, dejando que mis labios se pararan una milésima de segundo en cada poro encontrado por el camino. Al llegar al pecho, tu pezón, terso, duro, me habría indicado que la senda era la correcta, por lo que me habría recreado en él, alternando los labios y la lengua para no perderme ni un ápice de su sabor.

Habría seguido bajando, por el lateral de tu pecho, siguiendo la curva de tus costillas, hacia el ombligo, dónde, otra obligada parada me hubiera servido para coger fuerzas, consciente del terreno en el que me estaba adentrando. No tardé en hundir mi cabeza entre tus piernas, dejando que mi lengua se entretuviera en recorrer cada uno de los rizos que allí encontraría para llegar al tesoro que había estado buscando.

Un estremecimiento me hubiera indicado que era el momento, así que te habría cogido de la mano y nos habríamos ido a la ducha, a terminar juntos lo que yo había empezado. Al acabar, habríamos dejado que el agua corriera por nuestros cuerpos, templada, llevándose tras de si los últimos restos de la pasión de esa noche.

Nos habríamos vestido deprisa y habríamos salido corriendo, cogidos de la mano, hacia la Piazza de Spagna, dónde el amanecer nos habría pillado sentados, tu un escalón debajo del mío, entre mis piernas, con tu cabeza apoyada en mi pecho mientras nuestras manos, entrelazadas sobre el tuyo, acompañaban nuestras respiraciones acompasadas y el sol iba tiñendo de luz la cúpula de San Pietro frente a nuestros ojos.

Pero no fue así. A las cuatro abrí los ojos debido al zumbido de la alarma de mi móvil y me encontré solo, en mi hotel barato de la Via Nazionale. La ducha fue triste, rápida y el amanecer me pilló camino de Fiumicino, a tomar un vuelo que me llevaría de vuelta a Barcelona, dónde tenía que redactar el informe sobre la jornada en la feria mientras tú, a un par de cientos de kilómetros de distancia, estabas preparando el desayuno a los niños y a punto de salir hacia tu trabajo, a tus expedientes, sin saber que, aquella noche, para mi te habías convertido en, al igual que la ciudad de Roma, eterna.

Punto de inflexión

Viernes, 7 de Febrero de 2.014

6:10 – Suena el despertador;  inexorable, tirano, incontestable, como todos los días. La Yol se levanta lentamente y se queda sentada en el borde de la cama. La oigo suspirar, últimamente las noches están siendo duras, el sueño no llega como debe y el descanso no es el debido. Sé que tengo parte de la culpa, pero no puedo evitarlo. Lentamente, se quita la camiseta del pijama y veo cómo su silueta se dibuja sobre la luz de las farolas que se cuela tímidamente entre los agujeros de la persiana. Pienso lo mucho que me gusta, y lo increíble que puede parecer que, después de veintitrés años, ese cuerpo me siga enamorando cada vez que lo veo. Se levanta y se dirige hacia el baño.  Me acurruco en su lado de la cama, abrazando la almohada y notando su ausencia.

6:35 – La Yol ha acabado y sale del baño, se sienta en mi lado de la cama y, con los ojos todavía sin acostumbrar a la falta de luz, me busca para darme el beso de despedida. Juego a que no me encuentra, sonríe al dar un par de besos al aire hasta que me acerco y nuestros labios se encuentran. La despedida habitual y baja a la cocina, a desayunar. Yo aprovecho para encender la luz de mi mesita y, mientras la escucho prepararse el desayuno, abro el libro para leer un rato. Es mi momento de tranquilidad lectora. Estoy con “De qué hablo cuando hablo de correr”, un libro de Haruki Murakami que hacía tiempo que quería leer. Me está gustando, te hace pensar sobre la vida que llevamos. Escucho la puerta mientras paso las paginas, la Yol se va a trabajar.

7:10 – Hora de empezar. Salgo de la cama, pongo las sabanas en la ventana, me aseo y bajo a desayunar. Preparo los almuerzos de los niños y me siento con mi tazón de café con leche, mis galletas y mi iPad. Abro el apalabrados y veo las jugadas. Últimamente son Fran, Susana y Gabi quienes estimulan mis neuronas de buena mañana haciendo que busque las palabras con mayor puntuación. Y Mònica, por supuesto, que se ha convertido en algo más que una contrincante para pasar a ser una parte de mi vida a la que echo en falta las mañanas que no la tengo al otro lado del desayuno, para compartir jugada, saludo o confidencia.

7:45 – Toca truncar los sueños infantiles. Adrián se hace un poco más el remolón y Nico se despierta con su habitual sonrisa. Quien no lo ha sentido no puede imaginar lo bien que saben esos besos pastosos a primera hora de la mañana.  Aseo, desayuno, camas preparadas, dientes limpios, un rato de tele, chaquetas, zapatillas, mochilas y al cole.

8:20 – Salimos hacia el cole. Desde que yo estoy en casa vamos andando, las abuelas los llevaban en coche. Son poco menos de veinte minutos a paso infantil. Nico de la mano, Adrián un par de pasos por detrás. Hablamos por el camino; Adrián del cole, de sus amigos, de sus pensamientos, de su mundo; Nico de fútbol, como siempre.

9:10 – Tras dejar a los niños en el cole, llego a casa, me cambio y salgo a correr. Hoy no hace mucho frío y cojo ritmo rápido. Casi nueve kilómetros a poco más de cinco minutos el kilometro. Me conformo con la marca, aunque debería aumentar la distancia. Hago propósito de enmienda para que así sea, como cada día, aunque sé que no lo cumpliré. Día tras día salgo pensando que debo pasar la barrera de los diez kilómetros, pero, cuando me estoy acercando, mis piernas no acaban de responder y vuelvo hacia casa. Sé que cuando consiga hacerlo más de dos días seguidos, lo veré de otra forma, pero hoy sigo como siempre.

11:00 – Una vez duchado y repuesto salgo hacia el Ecus, a almorzar con Juanlu y con Juanjo. Es increíble cómo un rato así, con los amigos, es capaz de cargarte las pilas, de llenarte de energía positiva, aunque no hables de nada importante, sólo tontees y compartas el momento. Es de lo mejor de la semana, ese momento que tal y como acaba, esperas que vuelva, aunque tengas que esperar otros siete días. Muchas mañanas me encuentro con el móvil en la mano, dudando si llamar para quedar, pero no lo hago, mis obligaciones laborales me tienen atado en casa, tras el ordenador. Tras el almuerzo, toca comprar para hacer la cena: Consum y la carnicería. En esta última se me hace la boca agua. La carne cruda se presenta ante mí y me llevaría de todo. Se nota cómo los pequeños comercios cuidan más la calidad de sus productos que las grandes superficies.

12:15 – Una vez en casa comienzo a cocinar. Voy alternando entre las carrilladas al vino tinto y el tiramisú, pues los tiempos de cocción dan para ello. Pongo música. Elijo una lista con la Banda Sonora de True Blood, country y rock a partes iguales. La receta lleva vino y aprovecho para tomarme una copa. Me sorprendo cantando a grito el “Bad things” de Jace Everett y bailando mientras voy añadiendo ingredientes a la olla. Paso el resto de la mañana en la cocina, cantando, bailando, cocinando, bebiendo vino y limpiando.

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Son las 15:30 y estoy sentado en el sofá, hace rato que he acabado de cocinar y de comer y en poco tiempo llegará la Yol de trabajar. Estoy escribiendo esto en el ipad mientras una amplia sonrisa se dibuja en mi cara. Hacía mucho que no sonreía así, de forma sincera, sin nadie que me mire, sin nadie a quien sonreír, sólo para mí. Casi se me había olvidado la sensación. Es una sonrisa inesperada por el momento en que llega, pero agradecida por lo que significa. Esta tarde no podré ir a por los niños al cole, pues tengo que cumplir con mis quehaceres laborales dado que esta mañana no he podido adelantar nada del trabajo pendiente, he estado más ocupado en vivir. Es lo único que me molesta, el perderme el momento de salir de clase y darles la merienda. Me he dado cuenta que el resto me da igual, que hoy he sido realmente feliz, que he disfrutado en casa, de la casa, con la familia y de la familia. Que algo dentro de mi ha hecho “clic” y un resorte ha saltado por los aires haciéndome entender lo simple que puede ser la vida. En estos momentos, mientras escribo estas líneas me planteo dejar el trabajo, darme de baja de autónomo y dedicarme a escribir, en casa, a plasmar letras sobre un papel hasta llegar a formar una novela, algo largo, sustancial. Supongo que de baja calidad al principio, pero no me importa, pues la satisfacción vendría al acabarla. Sería duro, renunciar a los exiguos ingresos que tengo ahora, convencer a la familia de mi decisión, aplicarme una disciplina que, en estos momentos, no tengo y lanzarme al vacío. Al igual que hizo en su día Haruki Murakami.

Quizá debería hacerlo.

O quizá debería dejar de leer a Murakami.

Merecido descanso

Gorila descansando Bioparc Valencia

Da igual tu condición, tu tamaño, tu edad, tu sexo…

incluso da igual tu especie animal.

Todos necesitamos un descanso, por nuestro bien. Hay que saber parar, hacer un receso y dejar que nuestro cuerpo se recupere.

Sin dicho descanso, no rendiremos, nuestro cuerpo y nuestra mente no podrán trabajar al ritmo deseado.

Así que no te lo pienses, seguro que tu también lo mereces.

¿Descansas?

La vida es sueño

sueño en Maldivas

Soñar contigo todas las noches.

Despertarme a tu lado.

Y seguir soñándote durante todo el día.