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Productividad

- Nada que hacer, jefe. Ya estaba frío cuando lo encontramos.

– ¿Accidente, un infarto?

– No, jefe. Suicidio.

– ¿Seguro?

– Sí, encontramos una nota. Por suerte la pudimos coger antes de que llegara la gente de asuntos internos y el sindicato. Se la he traído. Aquí tiene.

Una cuartilla, un folio cortado por el centro de un tirón. Se nota la ausencia de tijeras en el corte. Como si hubieran puesto una regla y hubieran estirado con fuerza. Es la parte de abajo del folio. Se pueden leer los datos de contacto, pero no el nombre ni el membrete de la empresa. Está escrito a mano, con un bolígrafo azul. La letra es menuda, temblorosa. Ha apretado sobre el folio al escribir, se nota el trazo, con rabia, con dolor. Conserva la rectitud en las líneas:

“No puedo más. Es imposible aguantar más. Ha sido mucho tiempo, quizá demasiado el que he tenido que soportar vuestra ingratitud, vuestro desprecio y vuestras quejas. He hecho todo lo que he podido. Siempre he estado ahí, con una sonrisa para vosotros que nunca habéis querido ver. Yo siempre he sido vuestro principio, ese en el que os apoyabais a la hora de querer conseguir algo. Sin mi, no hubierais sido capaces de conseguir todo aquello que tenéis ahora: los coches, las casas, los viajes… Y, ¿qué he conseguido a cambio?, burlas, chanzas, desprecios, malas caras.

Me he cansado. Estoy abatido. Triste. Creo, sinceramente, que habéis conseguido vaciar toda la bondad que había dentro de mi y que os he brindado. Sin pedir nada a cambio, sin exigir.

Así que me voy, os dejo para siempre. Espero que os vaya bien, porque, en el fondo, no os guardo rencor. Ya os podéis aclamar a vuestro tan amado y ansiado Viernes. Seguro que él os comprende mejor que yo. Pero cuidado, esto no ha sido siempre así y puede cambiar en cualquier momento.

Sinceramente, que seáis felices sin mi.

Lunes”

Cerró el papel y volvió a mirar a su empleado.

– No veo peligro en enseñar la carta. Pero, por si acaso, la voy a guardar. No quiero escándalos.

– ¿Qué hacemos ahora?

– Suspended el sábado. A partir de ahora, será laborable. Sólo nos quedan seis días, necesitamos que la productividad siga.

– Va a haber protestas.

– Siempre las hay. Pero, tranquilo. Nos necesitan para seguir manteniendo su ritmo de vida. Sin nosotros no hay salidas al cine, ni cenas, ni consolas para los niños. En poco tiempo las aguas volverán a su cauce. Cuándo esto ocurra, quiero que dejéis pasar un par de meses y empecéis la campaña contra el Martes. Igual que esta. Que empiece desde dentro, entre los infiltrados. Que no se note. Pequeños mensajes de desaprobación.

– Entendido, jefe.

– Ha sido un paso importante. En poco tiempo conseguiremos nuestra meta. Que no haya ningún día sin productividad, sin actividad. Cuando lo consigamos, seremos invencibles y los tendremos a todos a nuestros pies.

 

Aire

Ana abrió la puerta del ático. Siempre le habia gustado subir a lo mas alto del edificio a pensar y a encontrarse consigo misma. Desde el primer piso en el que vivía no podia sentir la libertad que le daba el respirar el aire desde el noveno, era como si le agobiaran los ocho pisos que tenia por encima de su casa.

Hacia exactamente un mes que no sentía ese aire libre.

Había sido un mes horrible, un infierno. Justo un mes atrás subió para pensar el por qué Jorge la habia dejado de aquella manera, por qué no había sido capaz de decirle que a quien realmente amaba era a su mejor amiga, Marta, de decirle que seguia con ella para poder quedar con Marta a escondidas, de decirle que hacia más de un año que ellos dos se veian a escondidas. Tuvo que ser de la manera más cruel, un encontronazo en el parque con ellos dos fundidos en un beso, una semana de indagaciones y una ruptura a gritos.

El mes habia pasado entre lloros, gritos, golpes, poca comida y mucho alcohol, mil mensajes en su contestador y ninguna respuesta, mil timbrazos a su puerta y mil cerrojos sin abrir, noches en vela, dias en la cama y desesperación, mucha desesperación.

Se acercó al muro que la separaba de la calle, como tantas otras veces, a observar las luces de la ciudad que se perdían en el horizonte. El atardecer se unia a la polución para darle a la ciudad un aspecto gris y triste, lo que acompañaba su estado de animo.

Justo en el momento en que una lágrima resbalaba por su mejilla un golpe de aire lleno su cara de frescor, meciendo su antes estupenda melena morena ahora apelmazada por la dejadez.

Recogió el aire con alegría, y abrió la boca para coger el máximo que pudiera, cerrando los ojos comenzó a recordar.

Su cara se iluminó con una sonrisa al recordar cómo había conocido a Jorge, diez años atrás, recién acabada la universidad. Fue un amor intenso, desde el primer momento, que les llevo a trasladarse al piso de soltera de su madre a los seis meses de relación. Recordó esos primeros seis meses de felicidad absoluta, de conocimiento mutuo y de entrega sin límites.

Hasta ese momento no habia sentido nada igual por ningún chico, ni los amores de su adolescencia. Eso le llevó a recordar su primer beso, con Julián, a los 15 años. Todavia una niña inocente que no sabia ni qué hacer con su lengua en esos momentos, esos besos robados en las escaleras de su casa, donde les pilló una tarde su abuela.

Su abuela, probablemente, la persona del mundo que más había querido. Empezó a recordar las tardes que pasaba con ella, en su regazo, con un tazón de chocolate caliente. Su recuerdo se iba haciendo más y más profundo y le llevaba hasta la niñez. Hasta esa bicicleta que su abuela le regaló en su primera comunión, la cosa que más deseaba en esos momentos.

Rebuscando en su memoria se acordó también del momento en que conoció a Marta, a los seis años, recién empezada la EGB. Era una niña regordeta y con coletas pero graciosa, muy graciosa. Congeniaron enseguida y se hicieron inseparables.

Ana estaba sorprendida con la rapidez que los recuerdos le venian a la mente, mientras el aire seguia golpeandola en la cara, haciendo que su respiración se volviera más fuerte al intentar llenar sus pulmones con todo él, como si se fuera a acabar en ese momento..

Siguió recordando, volviendo atrás en el tiempo y dejándose llevar por sus recuerdos. Asi llegó a su niñez, Doña Julia, en el parvulario, de ella recordaba cómo les enseñaba entre juegos y juegos, recordó también los domingos con sus primos en el chalet, bañándose en la balsa desnudos pues la piscina estaba en obras.

Y buscando, buscando en lo más profundo de su mente le pareció recordar incluso el momento de su nacimiento, cuando vio la luz por primera vez. Como el aire penetró en sus pulmones llenandolos hasta el límite, tal y como estaba haciendo ahora.

 

Luego el silencio, la oscuridad…

 

La nada.