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No me llames al trabajo…

“…¿si?.. ah, hola Rubén…si, yo tambien te quiero… que si… que eres mi osito… oye, mira, de ésto queria hablar yo contigo… no.. no es que no me alegre de oirte.. pero, es precisamente.. mira.. déjame hablar, coño… vale, vale, no me enfado.. pero entiendelo.. joder, es que hoy me has llamado 5 veces con esta, y ayer fueron 17 veces…. si, yo tambien te echo de menos cuando no estoy contigo, pero no por eso te llamo cada cuarto de hora…. que tengo trabajo… hostias, pues claro que te he colgado, ¿tu sabes a que hora me has llamado?.. exacto, ¿y que hago yo a esa hora?…. muy bien, trabajar… pues si que lo sabes… si, se me ha olvidado apagarlo esta vez, y claro, a mi jefe no le ha sentado muy bien que sonara en mitad del acto… no, no.. el obispo no es un negrero…Rubén, por Dios, que estaba a mitad de bendecir el cáliz y tenia al obispo a mi derecha aguantando la hostia… no, ¿tu estás loco?… por supuesto que no… no lo voy a mandar a la mierda.. mira, vamos a dejarlo y esta noche lo hablamos más tranquilamente.. si.. que no me enfado, pero entiendeme.. si.. yo tambien te quiero y tengo muchas ganas de abrazarte… tambien te mando muchos besos… hasta luego, y, por favor, no me llames ahora, que tengo confesiones…. un achuchón tambien para ti.. cuelga… no, tu primero.. no, tu…. venga, a la vez.. una.. dos.. y.. “

Rara Navidad

Aquel año no había regalo, ni árbol, ni calcetines o villancicos. La cena estaba programada a las 8 de la tarde, como todos los días. Le habían comentado que solía ser especial: alguna gamba, un poco de turrón para postre… Pero eso sí, que se fuera olvidando del vino, del cava o la cerveza. Allí no se brindaba, nunca.

Todo eso se lo estaba contando Julio, al principio del día, cuando se acercó a su cama al escuchar los sollozos apagados que había intentado esconder al darse cuenta del día que era. Allí, como muchos otros días, esos ojos azules, cansados de tantos años y tanta experiencia se habían convertido en su guía, su pilar, su apoyo. Lo había acogido desde que lo vio, consciente de que sólo sería incapaz de adaptarse a aquella selva en la que sólo sobrevivía el más fuerte.

Como cada día, al levantarse se preguntaba en qué momento se había dado la vuelta la tortilla. Desde que tenía uso de razón sólo se acordaba de haber estado trabajando: primero de peón, luego de oficial y finalmente de jefe de obra. Allí conoció a quien fue su último jefe, un promotor inmobiliario que en las buenas épocas se metió a la obra pública. Su jefe se dio cuenta enseguida de su valía y lo fue ascendiendo, hasta llegar a tomar parte en las decisiones de obra más importantes, estampando su firma en aquellos documentos necesarios para seguir creciendo y construyendo, que era lo que le gustaba.

Nunca se fijó en que firmaba, sus conocimientos legales eran escasos, lo suyo era el hormigón, las vigas, las riostras, los encofrados. Siempre se le transmitió confianza y él veía los resultados. Nunca pensó que le dejarían solo ante una adversidad. Pero ocurrió. El concejal de turno no quiso aceptar la comisión y destapó la trama. También la destapó para él.

Y ahí estaba, mientras veía como tras los barrotes el frío invierno dejaba caer copos de nieve sobre el patio que tanto había paseado a lo largo del año, una lágrima caía sobre sus mejillas al escuchar la voz de sus niños cantándole un villancico a través del teléfono. Sólo lo mantenía vivo la ilusión de cantarlo junto a ellos el año siguiente, en casa.

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La culpa de esta historia es de @MsConcu

Gracias por tus tres palabras