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Ella no es mi mami

– No te vayas, papi – Dijo, con un amago de lágrima en sus pequeños ojos.

– Cariño, sabes que sólo serán un par de días. Luego volveré, como siempre.

– Pero ella me grita, y me encierra en un cuarto oscuro. Aunque no haga nada, siempre lo hace para hablar con sus amigas.

– Venga, venga… tu mami te quiere…

– ¡¡Ella no es mi mami!! – gritó.

– Lucía. No te permito que hables así. – le cortó de inmediato – Sabes que desde el accidente, ella ha pasado a ser tu mamá, y te cuidará. Debes tratarla como tal. Ahora, por favor, cálmate y duérmete. Yo me he de ir.

Le dio un beso en la mejilla y salió de la habitación. Dejando la puerta entrecerrada.

Lucía escuchó sus pasos, como bajaban por las escaleras hacia el piso inferior. Un beso de despedida y la puerta que se cerró. Se tapó la cabeza con las sábanas de la cama, cerrando con fuerza lo ojos, buscando un sueño que nunca llegaba. No escuchó los nuevos pasos acercándose hacia la habitación. Pasos distintos, más fuertes, sin ningún reparo a hacer ruido.

La puerta se abrió de repente, dejando entrar toda la luz del pasillo.

– Hola hijita.

La voz sonó socarrona, distante, irónica.

– ¡¡ Tu no eres mi mami!! – Gritó Lucía de nuevo, escupiendo cada una de sus palabras.

– Jajaja, -rió ella – por supuesto que no. Pero no lo dirás más, ¿verdad?. ¿O querrás pasarte estos dos días que tu padre no está en el cuarto oscuro, como la última vez?. Mira bonita…

– Mi mamá me defenderá – La interrumpió Lucía. No se atrevió a decir nada más.

– Tu mamá ya no está para defenderte. Murió, ¿recuerdas?.

Salió de la habitación dejando que la última frase flotara sobre ésta como una niebla; espesa, densa.

“Maldita niña”, masculló al entrar al cuarto de baño de la habitación de matrimonio, dispuesta a quitarse el maquillaje y lavarse los dientes antes de acostarse.

Se miró al espejo, suspirando. Se llenó las manos con agua fría y se la echó por la cara, dejando que la frescura del agua aclarasen sus ideas. En ese momento se cerró la puerta del baño, con violencia. Se giró e intentó abrirla. Estaba bloqueada desde fuera.

– ¡¡Lucía!! – Gritó. – Abre la puerta inmediatamente. Has conseguido enfadarme de veras. ¡¡Lucía!!. Como no abras antes de que cuente tres te las vas a ver de verdad, señorita. Te vas a pasar dos días en el cuarto oscuro. Uno… Dos… y tres.

Justo en el momento en que contaba tres se apagó la luz del baño.

– ¡¡Lucía!!. Esto es demasiado. ¡¡Abre la puerta!! Te oigo, sé que estás ahi fuera.

Acercó el oído a la puerta, lo justo para escuchar al otro lado, lévemente: “mi mamá me defenderá”.

Suspiró, levantó la cabeza y se giró. El espejo estaba iluminado, pero desde el fondo. Miró de nuevo tras ella por si entraba algo de luz por alguna rendija de la puerta, pero no era así. Una silueta se dibujaba en el espejo, con la luz por detrás de ella, no dejando que se viera la cara. Se acercó para verlo mejor.

Poco a poco, al acercarse, la cara del otro lado del espejo se iba aclarando hasta que consiguió distinguirla. Una cara muy conocida, por la cantidad de veces que la había visto en la foto que todos los días giraba en la habitación de Lucía.

Abrió la boca para gritar, pero no le dio tiempo a emitir ningún sonido. Del espejo salió una mano que la cogió del cuello, levantándola de suelo mientras acercaba su cara a lo que debería haber sido su reflejo, pero no era así.  Conforme se iba acercando al espejo iba sintiendo un aliento tibio, cada vez más cerca de su cara.

Al cuando tuvo su cara a un par de centímetros del espejo la mano la levantó y, con un giro de muñeca, la lanzó hacia la derecha, justo hacia dónde se encontraba el inodoro, con una fuerza brutal. Cayó de cabeza, rompiendo la loza en el primer impacto y notando cómo las arista que ésta dejaba le entraban por el cuello, abriendo la carne con facilidad y alcanzando la arteria.

Quedó en el suelo, con el cuerpo hacia abajo pero la cabeza girada hacia el espejo. Una mueca grotesca se dibujaba en su boca, abierta, desencajada. El suelo se fue llenando lentamente de sangre.

En ese momento se encendió la luz y se abrió la puerta, lentamente.

Si hubiera estado viva podría haber escuchado cómo un par de habitaciones más allá, un beso sonaba en una mejilla, y una voz infantil decía, en un susurro entre sueños:

– Buenas noches, mami.

Ella

 

– Ya voy, ya voy – Protestó Julián.
Su voz sonaba cansina, era la cuarta vez que tenía que ir a acostar a Julen. Esa noche estaba especialmente nervioso y no había forma de que se quedara quieto en su cama.
– No se que le pasa – le dijo a Vicen. – lleva una noche muy rara. Voy a ver si quiere algo. Ahora bajo.
Casi arrastrando los pies se levantó, dejando en el plato la cuchara con la sopa de la cena. “Esta vez tambien me la acabaré fria”, pensó.
Subió al piso de arriba, a la habitación.
– ¿Qué te pasa ahora, pequeñajo? – preguntó mientras se sentaba en la cama. – ¿no quieres dormir?.
– Mientras ella no se vaya no.
Su voz sonó distinta, dura, seca, como si hubiera madurado de golpe.
– Ella.. ¿quién?. Aquí no hay nadie.
Julen señaló con su pequeña mano hacia la puerta, sacando poco a poco su dedo índice de forma temblorosa.
Julián se giró hacia la puerta para calmar a su hijo y convencerle de que no había nadie, pero algó le extraño. Una fugaz sombra había parecido pasar por el pasillo hacia la habitación contigua, la que estaban preparando para su futuro retoño, que llegaría en un par de meses.
– Espera un momento, voy a cerrar la puerta de la habitación de tu hermano, bueno, del que será tu hermano – dijo con una sonrisa.
La verdad es que le había extrañado dicha sombra, pensó que se trataría de un cambio de luces de un coche en la calle, pero le había picado y se acercó no fuera que algún gato hubiera entrado por la ventana.
Al acercarse a la habitación de al lado empezó a notar frio, mucho frio. Demasiado para la época en que estaban.
Entró a la habitación y encendió la luz.
– Vaya, por dios. La ventana abierta – masculló.
Se acercó a cerrarla cuando se cerró la puerta.
– Dichoso aire, mira que he dicho veces que se cierre esta ventana, que se va el calor de la casa.
Cerró la ventana y volvió hacia la habitación de Julen.
Al ir a abrir la puerta no pudo. La manivela estaba atrancada. Empezó a moverla con fuerza, empujando la puerta hacia delante y atrás. Mientras, oía como en la habitación de al lado, su hijo se movía con rapidez por encima de la cama, saltando, corriendo, deslizándose.
– Julen, para enseguida – Le gritó – Ahora salgo, pero estate quieto.
Finalmente la puerta cedió.
Pasó a la otra habitación.
A duras penas se mantuvo en pie.
Lo que allí estaba viendo estaba fuera de toda lógica.
Echado en la cama, boca abajo pero con la cabeza totalmente girada estaba Julen. Sus ojos, todavía abiertos, reflejaban un horror que todavía se podía palpar en el ambiente. Su cuerpo desnudo estaba cubierto de infinidad de cortes de los cuales todavia salian pequeños regueros de sangre que habían cubierto la totalidad de la cama, dejando el pequeño cuerpo casi flotando sobre un charco rojo. En el centro justo de la espalda de su hijo aparecía un cuchillo de grandes dimensiones clavado hasta el mango. Un cuchillo que él núnca había visto en casa.

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Vicen estaba tranquilamente comiendo una manzana cuando escuchó un grito. Fuerte, desgarrador. Un grito que denotaba puro terror. Saltó de la silla y echó a correr hacia el piso de arriba. No sabía qué podía haber llevado a su marido a chillar de esa forma.
Cuando llegó encontró la puerta de la habitación de Julen cerrada. Con miedo, mucho miedo se decidió a abrirla.
Lo que allí vió la desconcertó por completo.
Sentado en la cama, llorando de puro miedo en una esquina estaba Julen, con las manos en la cara girado hacia la esquina opuesta de la puerta, sin querer mirar a su padre, quien, estaba en el suelo, hecho un ovillo, llorando amargamente mientras escondía su cabeza entre las piernas.
Vicen se adelantó a abrazar a su marido para tranquilizarlo y pedirle alguna explicación cuando tropezó con algo.
Sus pies habían topado con un cuchillo de grandes dimensiones. Un cuchillo que ella nunca había visto en la casa.