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La tercera vez

Afuera las gotas de lluvia caían sobre la hierba del jardín, haciendo que ésta brillara bajo la luz del farol del porche, encendido pese a la hora precoz de la tarde.

Con una taza humeante en las manos ella observaba cómo se iba formando un reguero por el camino de piedra que unía la entrada del jardín con la casa, a la vez que se divertía viendo las gotas correr por el cristal de la ventana, alternando la visión entre ambos acontecimientos.

Notó cómo una mano iba acariciando su cintura de atrás hacia adelante, con fuerza, obligando a su cuerpo a moverse hacia atrás. Respondió al gesto ladeando ligeramente la cabeza, dando la bienvenida a ese beso en el cuello que sabía de antemano se iba a producir. Cuando éste llegó, bajó su mano derecha hasta alcanzar aquella que se había posado en la cintura para entrelazar sus dedos y apretarla más contra su cuerpo. Cerró los ojos, disfrutando de la calidez de los labios que se posaban en su cuello.

– Siempre te gustó la lluvia – Escuchó, en un susurro.

– Hubo un día que creía que la llegaría a odiar – Contestó.

Una carcajada. Seca. Franca. Sincera. Cómplice.

Se giró y se encontró de bruces con aquellos ojos azules. Pese al tiempo que los conocía, siempre los había visto brillar, nunca habían reducido un ápice su vitalidad. Desenlazó sus dedos de la mano que los asían y los acercó a esos ojos. Por el camino encontró una sonrisa rodeada de arrugas, que la acogió con un beso dulce en la palma que la rozaba.

– “Boda lluviosa, boda dichosa”

– Eso dicen, pero, en ese momento, el mundo se te hunde bajo los pies, maldices al cielo, a los refranes y a todo aquel que te viene con la cantinela.

Otra risa, menos sonora, menos ruidosa, pero igual de sincera.

La mano se separa de su cintura en el momento en que él da un paso atrás y se queda plantado frente a ella. Sonriendo.

– ¿Qué tal estoy? – Pregunta.

– Tan guapo como siempre – Responde ella, ajustándole el nudo de la corbata. Ese nudo que jamás ha conseguido saber hacerse por él mismo o, quizá, que ella nunca le ha querido enseñar a que lo haga, para poder tener sus dedos cerca de su piel, de su cuello, al ajustárselo.

– Y tu tan mentirosa, también como siempre – Le responde, al tiempo que vuelve a bajar la mano hacia su cintura y la agarra con fuerza, obligándola a juntar su cuerpo y besándola en los labios.

Dulce. Siempre le han sabido dulces. Comiera lo que comiera y fuera la hora del día que fuera, siempre estaban dulces. O ella los notaba así.

El sonido de un claxon los sorprende besándose, haciendo que sus labios se separen lentamente, pero sin dejar que sus ojos hagan lo mismo.

– Ya están aquí – Dice él.

– Puntuales, los malditos. Podrían haberse retrasado un poco – Contesta ella, con cara de fingido fastidio.

– Te habría tocado volver a maquillarte – Añade él, lo que lleva a ambos a una carcajada al unísono.

Acaban la risa al mismo tiempo, momento que él aprovecha para darle otro beso. Esta vez corto, rápido, para no perder la sonrisa.

– ¿Preparada? – Pregunta, ofreciéndole el codo izquierdo, que ella acepta entrelazando su mano derecha en el hueco que deja y cogiendo con la izquierda el bastón que estaba apoyado en la ventana.

– Por supuesto – Contesta, decidida.

Caminan cogidos hacia la puerta, a pasos cortos. Ella apoyada en el brazo de él. Él cogiéndole la mano que sobresale entre su costado y su codo. Al llegar a la puerta, él coge el picaporte y, antes de moverlo, se vuelve a girar hacia ella.

– ¿Estás segura de lo que vas a hacer? – Pregunta.

– Te dije que sí hace cincuenta años. Lo repetí hace veinticinco. Soy demasiado vieja y terca como para cambiar de opinión, ¿no crees? – Responde ella.

La puerta se abre entre las risas de ambos, que acalla por ese momento el rumor que produce la lluvia cayendo sobre el jardín.

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Este relato va dedicado a Itzi, @miotraella.

Se lo prometí, ahora que me ha pillado navegando por uno de mis #OcéanosDeÑoñez