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¿Cuánto cuesta un café?

Estaba habituado a hacer cuentas, a mirar balances, a estudiar ratios, a realizar escandallos. Su titulación y su pasión lo llevaban a ello. Eran ya muchos años de realizar estudios sobre costes, de analizar todas y cada una de las partidas que conformaban el resultado final para ir ajustando, afinando, de forma que, cada euro, cada céntimo, cada pequeña porción, era analizada para poder llegar a un resultado final satisfactorio para él y para la empresa a la que trabajaba.

Así que su cabeza no podía parar. “¿Cuánto le costaba cada uno de esos cafés?” era la pregunta que ocupaba su cabeza, tanto en el efímero camino de ida como en el eterno de vuelta hasta su casa. Ciento ochenta kilómetros en cada uno de los sentidos pero que se le antojaban totalmente distintos al realizarlos hacia uno u otro sentido. Y, tanto en uno como en el otro, en algún momento la pregunta le rondaba la cabeza.

Pero claro, acostumbrado a moverse en términos reales, en costes físicos, en euros certeros, aquella pregunta, en aquel momento, se le antojaba imposible de contestar.

Porque, podía cuantificar sin problemas la gasolina, el desgaste del coche, el café, el azúcar, incluso, su tiempo, sus horas empleadas en ello. Sin embargo, ¿cómo cuantificar todas las noches pasadas junto al teléfono, esperando que ella publicara una foto para poder comentarla?, ¿cómo cuantificar las horas esperando a ver si la publicación era contestada, era leída, era, simplemente, tomada en cuenta? ¿Cómo poner precio a cada minuto ante el ordenador, eligiendo las palabras apropiadas a la hora de escribir un mensaje, una nota? ¿o cada una de las gotas de sudor en el momento de pinchar el botón de “enviar”, al pensar que alguna de ellas no era la adecuada, no era la precisa? ¿Cómo traspasar a dinero aquella angustia, aquel desasosiego al recibir un mensaje de despedida, con deseos de buena suerte, pero de despedida? ¿Cuánto le había costado realmente todos y cada uno de los kilos perdidos en aquel régimen autoimpuesto? Pero, sobre todo, ¿cuál era el coste de los suspiros ahogados, los nervios contenidos, los besos no deseados, las palabras no dichas en todos y cada uno de los cafés compartidos?

Pero hoy, #730 días después lo tiene claro. Ya no se hace esa pregunta, ya conoce la respuesta. #730 días que se le han hecho cortos, muy cortos. #730 días en los que la música no ha dejado de sonar, la risa no ha dejado de escucharse, los bailes se han sucedido, así como los juegos de los niños. #730 días de fiesta, de besos, de abrazos. #730 días de felicidad compartida.

Por eso hoy, #730 días después la volverá a coger de la mano, se plantará frente a ella, le subirá la cara apoyando su dedo en la barbilla, haciendo que sus miradas se encuentren, se volverá a perder en la inmensidad de esos maravillosos ojos azules que lo volvieron loco desde el primer día, en la media melena rubia que noche tras noche, café tras café, ansiaba acariciar y, sobre todo, en esa sonrisa franca, sincera y, desde hacía #730 días, feliz y lo tendrá claro: No hay dinero en el mundo suficiente para pagar uno sólo de esos cafés.

Porque esos cafés no tenían precio.

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Hoy, una fantástica pareja  cumplen #730 días juntos.

Estas palabras son un regalo de ella hacia él.

Enhorabuena a los dos y ojalá sea por muchos más años.

Déjate llevar

- No, no, no te gires, no me mires, simplemente, llévame. Lejos, muy lejos. Allí dónde el cielo se junta con las estrellas , dónde el mar se funde con el horizonte, dónde el aire mece las nubes haciéndolas bailar sobre un fondo azul celeste. O quizá más lejos todavía, dónde los sueños se cumplen con sólo volver a cerrar los ojos; dónde todos los labios tienen su contrapartida, no quedando ningún beso sin ser dado; dónde los abrazos son sinceros, cálidos, reconfortantes; dónde las manos sólo sirven para rozar con las yemas de sus dedos la piel ávida de contacto. Llévame lejos, muy lejos, dónde la música flote, las palabras fluyan y los pensamientos sean libres. Llévame allí, sin demora, porque sé que nuestros corazones latirán con mas fuerza.

– Que mire, señora, que yo la llevo. Pero la carera le va a salir por un pico.

– Ainsss… En fin, pues lléveme a Arturo Soria, a tráfico. Pero póngame usted la COPE.

– Ah, no. En mi taxi sólo se oye al Francino.

– …Y encima me toca el único taxista rojo de Madrid.

– ¿Cómo dice?

– Nada, nada, que ponga lo que quiera.

– Pues vamos marchando. Qué tiempo tan raro, ¿eh?, igual hace sol que llueve. Y qué días de aire.

– Si, si, si…

Dolor por el amor perdido

“Menudo fin de semana les esperaba”, recordaba que había pensado. Y es que era así: dos parejas de mejores amigos; en una casa rural perdida en la sierra, rodeados de naturaleza; con tiempo para charlar, beber, comer y disfrutar; momentos de amistad sincera, él, su novia, su mejor amigo y la novia de éste.

Y es que era así, llevaban planeándolo mucho tiempo: cenas de planificación, quedadas para discutir destinos, comidas para ver alojamientos, reuniones para decidir responsables de comprar, de reservar.

Pero todo se había truncado, casi desde el momento en que llegaron a la casa, al principio del viaje. No recuerda el momento exacto ni qué fue lo que le llevó a sospechar. Quizá una mirada, un comentario, un roce, una sonrisa…

El caso es que algo vio, intuyó. La forma de comportarse de su novia y su amigo no eran normales. Primero lo negó: “no puede ser, estaré equivocado”. Luego lo sospechó con más fuerza: “dos veces no puede ser casualidad”.

Pero fue en la cena de la primera noche cuando lo descubrió. Su amigo fue a la cocina a hacer café, su novia se ofreció a sacar las tazas. Lo normal en tantas y tantas reuniones que habían tenido. Sin embargo, él se levantó para ir al baño y, al pasar por la puerta de la cocina vio en el escaso hueco que dejaba ésta al estar entreabierta un beso con pasión, dos labios chocando con furia, sabiendo que el encuentro era fugaz y tenían que aprovecharlo.

Entró al baño y se lavó la cara con agua fría, incrédulo. Nunca lo había sospechado, nunca lo había imaginado, jamás se le hubiera ocurrido.

La noche transcurrió sin más, acabaron de tomar café y se retiraron a su habitación. Allí ocurrió lo normal: hicieron el amor, como tantas otras veces, pero él no lo notó igual, se descubrió buscando algún signo que le delatara la mentira, la actuación en ese momento. Pero no lo descubrió, todo parecía normal. Al finalizar, con la luz apagada lloró en silencio. Lloró por la amistad perdida, por el tiempo perdido, pero, sobre todo, por el amor perdido.

El día siguiente, por la tarde, seguía en la habitación, pero ahora sólo. Ahí su llanto ya no fue en silencio. Fue un llanto desgarrador, sincero, por un futuro que se sabía incierto.

Iba a echar mucho en falta esa amistad, esas reuniones, esas risas, esos momentos compartidos, esas confidencias, ese cuerpo. Pero, sobre todo, iba a echar en falta ese amor que ya nunca tendría.

Pero no había tenido más remedio. No debían quedar testigos.

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Fue Silvia quien vino de visita y nos propuso las tres palabras que han estimulado mi imaginación para este relato (amigos, viaje, pasión). 

Gracias, Ana Belén, por tu visita y tus palabras. Espero que te haya gustado y vuelvas a esta casa de vez en cuando.

Amsterdam

Tranvía en Amsterdam

He buscado en mi imaginación, en mis borradores, en mis vivencias, alguna historia que pudiera encajar con esta imagen.

Pero me ha sido imposible, porque podrían encajar todas.

Y es que Amsterdam te inspira todo: amor, odio, violencia, ternura, paseos, cadáveres lanzados a sus canales y parejas enlazadas en sus puentes…

Me quedo con la foto. Así, cada vez que la miro, recordaré una historia distinta.

Regarde-moi!

 

París

 

–       Todo va a ser perfecto – dijo él.

Hasta el momento, lo había sido. Por lo menos esa noche: cena con velas en un restaurante de mesas con manteles rojos y camareros que susurran, medias voces al hablar entre ellos, confesiones, risas, todo bañado con un Moët Chandon.

Ella levantó la vista del sobre con los billetes de avión a París y la detuvo en sus ojos,  unos ojos que suplicaban perdón, que anhelaban una vuelta atrás, al principio de todo, cuando el cielo brillaba completamente azul y todos los días las mariposas visitaban su estómago.

París siempre había sido su ciudad favorita, él lo sabía, pero por circunstancias de la vida, durante los años que vivió en Francia siempre que había viajado allí había sido en plan turismo cutre, con familiares y amigos, todo deprisa y corriendo.

–       Todo va a ser perfecto – repitió él, dibujando una media sonrisa en su cara, a la espera de una respuesta

–        Todo va a ser perfecto – repitió ella.

Merecía esa oportunidad, pensó. Se está esforzando tras los últimos errores.

 

Pero no lo fue.

 

En París hacía mucho frio en esa época, noviembre, un mes especial para ambos.

Ella soñaba con cenar en Bateau mouche, él señaló que era demasiado caro.

Ella quiso visitar un museo, él le dijo que no le apetecía.

Ella quiso pasear, él prefería coger un taxi.

Ella quería sentarse en el suelo, mirar a la gente, visitar a los bouquinistes, tomar café en plazas tranquilas, mirarle a los ojos, él estaba ausente, no la veía.

En el camino de vuelta al hotel, ella quiso caminar, él no, se perdieron, ella estaba feliz, perdida por las calles de París, él estaba enfadado, gritaba, no entendía porque ella se sentía tan bien y eso aún le enfadaba más.

 

Llegaron al Hotel, él enfurruñado con el mundo, soltando maldiciones, asustando hasta al recepcionista. Ella sonriendo: había tomado una decisión: Jamás volvería a París con él.

 

…..

 

–       ¿En qué piensas? – dijo él

Ella cerró los ojos, lentamente, dejando que sobre sus párpados se fijara el azul del cielo de París, traspasándolos hasta fundirse con el azul de sus pupilas, descansando sus rubios cabellos sobre el pecho de él, sintiendo su corazón, al igual que la media hora que así llevaban, sin hablar, simplemente escuchando el gentío que paseaba por los Campos de Marte, mientras ellos estaban tumbados en el césped.

–       En poca cosa, en lo poco que ha cambiado París en los años que no he venido, pero lo diferente que yo lo veo. – contestó.

Acercó sus labios a los de él, lo besó, disfrutando cada segundo con ello y sintiendo como las mariposas revoloteaban por su estómago, alegres.

 

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Este relato está basado en hechos reales, así que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia… o no.

Me gustaría agradecer a quien me suministró la información sobre el viaje y me proporcionó la verdadera historia, dejándome total libertad para modificarlo y dar rienda suelta a mi imaginación. En el texto podrá reconocer párrafos enteros suyos, salidos de su verdadero viaje.

Ha sido un verdadero placer el poder tener su punto de partida para este relato.

Un beso.

 

In vino veritas

 

 

 

 

Cámara: Nikon D3100

 

Apertura: f/4´8

 

Velocidad: 1/60 s

 

Sensibilidad: ISO-1100

 

Flash: NO

 

Photoshop: NO