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Veintiuno

Boqueó.

Abrió la boca e intentó que sus pulmones se llenaran de aire puro. Buscó oxígeno puro para ver si éste le llegaba al cerebro para aclararle las ideas. No lo encontró. En su lugar, un ambiente cargado, rancio, se coló entre sus dientes, dejó su sabor amargo en la lengua y se coló hasta sus entrañas.

Se llevó la mano al cuello. De repente, la camisa se ahogaba, le asfixiaba, le agobiaba. Sus dedos se deslizaron por debajo de su nuez en la búsqueda del botón maldito, pero no lo encontraron. Hacía tiempo que ya había sido despasado, al igual que su corbata roja de seda, que, aunque no la viera, colgaba mortecina del bolsillo de su chaqueta, dejada con desdén en el respaldo de la silla que ocupaba.

De repente, un sonido agudo, repetitivo, se coló por su oído derecho. Se giró con violencia, en su búsqueda, pero no vio más que luces que se encendían y se apagaban, todo el espectro de colores se le apareció frente a sus ojos, en tonos brillantes y parpadeantes. Supuso que relucían, pero no eran más que puntos borrosos frente a sus ojos.

La vuelta de su vista hacia su mesa le deparó una visión del local. Al fondo, cortinas rojas sujetas sobre ventanas de pega con cordones dorados. El rojo se fundía con el verde de la tela de las paredes, haciendo que la estancia pareciera más pequeña de lo que debería ser, aunque a él, en ese momento, se le hacía minúscula. El suelo, enmoquetado, absorbía los pasos de la gente que se movía a su alrededor. Maniquíes de cera animados bailando al son de una música suave de jazz que manaba de altavoces estrategicamente escondidos tras las cortinas, pese a que una banda de pega hacía las veces de animación para un público inapetente de música.

El final del recorrido visual le llevó hasta sus manos. Estaban sudadas, al igual que el resto de su cuerpo, pese a que sólo su frente lo delatara. Se las llevó a la cara, cubriéndose los ojos, intentando recordar cómo había llegado hasta allí.

Se vio incapaz de recordar cuándo había empezado todo, aunque sí tenía en su mente el desarrollo posterior. Sus recuerdos comenzaban viendo un juego, una simple tontería llevada a cabo como prueba de su valía, como convencimiento de que sabía lo que hacía, que era capaz de dominar su vida y sus acciones. Poco a poco, el juego se fue volviendo serio, la apuesta aumentó casi sin que él fuera capaz de percatarse y el continuó, todavía seguro de su valía y su fuerza mental. El juego le atrapó y él disfrutaba en cada momento del mismo. Cada tirada, cada jugada, cada victoria le llenaba el ego, le engordaba la estima, le recordaba su fortaleza. Siguió jugando, ajeno a su parte racional que le decía que debía dejarlo en ese momento, tras haber disfrutado, tras haber ganado. Pero no hizo caso, siguió jugando.

Las apuestas cada vez eran más fuertes, cada vez más exigentes, cada vez más arriesgadas.

Se quitó las manos de la cara y lo vio con claridad. Ya no había vuelta atrás, ya no podía dejar un juego al que hacía tiempo que había decidido engancharse. La apuesta llegaba ahora, y ya no se trataba de calderilla, de minucias. Vio lo que tenía encima de la mesa y tembló. Se jugaba algo más que dinero, vio su vida encima del tapete verde: su casa, su esposa, sus hijos, sus amigos, la tranquilidad que había dominado el transcurrir de su tiempo. Todo estaba allí, apostado a un único número.

Al fondo, una voz anunció que comenzaba el juego. Con diligencia movió las aspas que tenía en sus manos. Se hizo el silencio, sólo roto por el sonido de una pequeña bola al rebotar sobre las delgadas paredes de metal que separaban los números.

En su cabeza desapareció todo y sólo se quedó en una de esas celdas, la que le podía llevar al cielo o al infierno. Aquella que llevaba grabada un único número, el veintiuno.

 

 

La mujer de mi vida

- Nunca he sido de esos romanticones que hablan del amor a primera vista, ni del destino. Siempre he sido más práctico. De hecho, cuando la conocí, no pensaba que se convertiría en lo que luego he llegado a sentir por ella. Fue poco a poco, al irnos conociendo cuando me di cuenta de que mi vida no podía estar ocupada por otra persona, no había hueco para otra mujer. Mi vida era suya, para siempre y siempre he hecho todo lo posible para que la suya también sea mía. He ido amándola poco a poco hasta llegar a lo más profundo de mi ser, hasta notar que ella ya era yo y que yo era ella, un único ente, una única persona, un único ser que se mueve al unísono. Últimamente discutíamos. Siempre lo he achacado al devenir normal de una relación, tenga en cuenta que nos mudamos a vivir juntos hace algo más de seis meses. Claro, al principio, hasta que te acoplas a la otra persona, la convivencia se hace un poco dura. Pero todas las diferencias se iban salvando poco a poco y se iban limando para conseguir esa vida en común. Sin embargo, la semana pasada la discusión subió de tono. Ambos estábamos muy nerviosos y ella llegó a amenazarme con irse de casa, con dejarme. No podía soportarlo. Estuve toda la semana casi sin dormir. En la cama ni nos rozábamos. Ella en un lado, yo en el mío de siempre. Cada vez que cerraba los ojos la veía alejándose de mi. Así que me propuse reconquistarla. Lo preparé todo: cena, velas, vino, mantel de tela, los cubiertos que pedí prestados a mi madre. Todo perfecto para que volviera a ser una cita como la de antes. Hasta la música. Ella estuvo toda la cena casi sin hablar, por mucho que yo intentaba, nervioso, reconducir la conversación. Sonreía a medias, me miraba y bajaba la mirada a su plato. Al llegar a los postres no pude aguantar más y me levanté, caminando hacia ella. Le cogí el mentón con mis dedos y la obligué a mirarme a los ojos. Le besé en los labios, todo lo dulce que pude y le dije que ella era la mujer de mi vida y que me gustaría ser yo el hombre de la suya. Entonces lo vi. Vi ese brillo en sus ojos al mirarme fijamente. Vi cómo una lágrima empezaba a formarse en sus párpados. Y lo tuve claro.

La puerta se abrió. Sin llamadas, sin avisos. En ella apareció un hombre alto, trajeado, con un maletín en la mano. Con paso firme se acercó a la mesa. Y sin pestañear, dijo, autoritario:

– Cállate, Toni. Ni una palabra más.

– ¿Quién es usted? – La voz, bronca, también acostumbrada a dar órdenes, salió de los labios del más mayor.

– Soy Fernando Maestre. Abogado defensor de D. Antonio Guárez, aquí presente y padre de la víctima, Noelia Maestre. A partir de este momento, mi defendido se acoge al derecho de no declarar.

– Pero… – Balbuceó el joven.

– Cállate, Toni. Ni una palabra más. – Repitió con la misma autoridad mostrada antes.

– Señor Maestre. No se moleste. El caso está prácticamente cerrado. Lo tenemos todo a nuestro favor: el móvil, el arma…

– Tienen un joven sospechoso. Tienen una pistola. Pero no tienen nada más. no tienen ninguna confesión. La víctima se pudo haber suicidado. Y ahora, si no le importa, señor comisario, me gustaría hablar en privado un instante con mi defendido.

– No hay problema, les dejamos. Pero sea breve. Su defendido queda detenido, de momento, como sospechoso de asesinato. A espera de lo que el juez de guardia dictamine.

– Me parece perfecto.

El comisario y un agente se levantaron de sus respectivas sillas y, rodeando la mesa, se dirigieron a la puerta. Abandonaron la estancia sin mirar atrás. Justo en ese momento, el abogado se acercó al joven que cabizbajo era incapaz de articular palabra. Se sentó enfrente, en la silla que anteriormente había ocupado el comisario, y dio un manotazo en la mesa. El joven, asustado, levantó la vista y se encontró con una mirada dura, unas facciones serias y unos puños rojos de tanto apretarse.

– Fernando, ¿qué significa…?

– Cállate, hijo de puta – Dijo el abogado, lentamente, escupiendo cada una de sus palabras – Voy a ser tu abogado defensor, el mejor que vas a tener en tu puta vida. Voy a hacer que, ni el mejor juez del mundo, sea capaz de acusarte. Voy a conseguirte la libertad inmediata. Porque, si no lo consigo, cada día que pases en la cárcel será una condena también para mi, ya que será un día más que tendré que esperar para matarte con mis propias manos.

Acabada la frase se levantó, se dirigió a la puerta y salió. El joven se cogió la cabeza con las manos y explotó a llorar.

 

Punto de inflexión

Viernes, 7 de Febrero de 2.014

6:10 – Suena el despertador;  inexorable, tirano, incontestable, como todos los días. La Yol se levanta lentamente y se queda sentada en el borde de la cama. La oigo suspirar, últimamente las noches están siendo duras, el sueño no llega como debe y el descanso no es el debido. Sé que tengo parte de la culpa, pero no puedo evitarlo. Lentamente, se quita la camiseta del pijama y veo cómo su silueta se dibuja sobre la luz de las farolas que se cuela tímidamente entre los agujeros de la persiana. Pienso lo mucho que me gusta, y lo increíble que puede parecer que, después de veintitrés años, ese cuerpo me siga enamorando cada vez que lo veo. Se levanta y se dirige hacia el baño.  Me acurruco en su lado de la cama, abrazando la almohada y notando su ausencia.

6:35 – La Yol ha acabado y sale del baño, se sienta en mi lado de la cama y, con los ojos todavía sin acostumbrar a la falta de luz, me busca para darme el beso de despedida. Juego a que no me encuentra, sonríe al dar un par de besos al aire hasta que me acerco y nuestros labios se encuentran. La despedida habitual y baja a la cocina, a desayunar. Yo aprovecho para encender la luz de mi mesita y, mientras la escucho prepararse el desayuno, abro el libro para leer un rato. Es mi momento de tranquilidad lectora. Estoy con “De qué hablo cuando hablo de correr”, un libro de Haruki Murakami que hacía tiempo que quería leer. Me está gustando, te hace pensar sobre la vida que llevamos. Escucho la puerta mientras paso las paginas, la Yol se va a trabajar.

7:10 – Hora de empezar. Salgo de la cama, pongo las sabanas en la ventana, me aseo y bajo a desayunar. Preparo los almuerzos de los niños y me siento con mi tazón de café con leche, mis galletas y mi iPad. Abro el apalabrados y veo las jugadas. Últimamente son Fran, Susana y Gabi quienes estimulan mis neuronas de buena mañana haciendo que busque las palabras con mayor puntuación. Y Mònica, por supuesto, que se ha convertido en algo más que una contrincante para pasar a ser una parte de mi vida a la que echo en falta las mañanas que no la tengo al otro lado del desayuno, para compartir jugada, saludo o confidencia.

7:45 – Toca truncar los sueños infantiles. Adrián se hace un poco más el remolón y Nico se despierta con su habitual sonrisa. Quien no lo ha sentido no puede imaginar lo bien que saben esos besos pastosos a primera hora de la mañana.  Aseo, desayuno, camas preparadas, dientes limpios, un rato de tele, chaquetas, zapatillas, mochilas y al cole.

8:20 – Salimos hacia el cole. Desde que yo estoy en casa vamos andando, las abuelas los llevaban en coche. Son poco menos de veinte minutos a paso infantil. Nico de la mano, Adrián un par de pasos por detrás. Hablamos por el camino; Adrián del cole, de sus amigos, de sus pensamientos, de su mundo; Nico de fútbol, como siempre.

9:10 – Tras dejar a los niños en el cole, llego a casa, me cambio y salgo a correr. Hoy no hace mucho frío y cojo ritmo rápido. Casi nueve kilómetros a poco más de cinco minutos el kilometro. Me conformo con la marca, aunque debería aumentar la distancia. Hago propósito de enmienda para que así sea, como cada día, aunque sé que no lo cumpliré. Día tras día salgo pensando que debo pasar la barrera de los diez kilómetros, pero, cuando me estoy acercando, mis piernas no acaban de responder y vuelvo hacia casa. Sé que cuando consiga hacerlo más de dos días seguidos, lo veré de otra forma, pero hoy sigo como siempre.

11:00 – Una vez duchado y repuesto salgo hacia el Ecus, a almorzar con Juanlu y con Juanjo. Es increíble cómo un rato así, con los amigos, es capaz de cargarte las pilas, de llenarte de energía positiva, aunque no hables de nada importante, sólo tontees y compartas el momento. Es de lo mejor de la semana, ese momento que tal y como acaba, esperas que vuelva, aunque tengas que esperar otros siete días. Muchas mañanas me encuentro con el móvil en la mano, dudando si llamar para quedar, pero no lo hago, mis obligaciones laborales me tienen atado en casa, tras el ordenador. Tras el almuerzo, toca comprar para hacer la cena: Consum y la carnicería. En esta última se me hace la boca agua. La carne cruda se presenta ante mí y me llevaría de todo. Se nota cómo los pequeños comercios cuidan más la calidad de sus productos que las grandes superficies.

12:15 – Una vez en casa comienzo a cocinar. Voy alternando entre las carrilladas al vino tinto y el tiramisú, pues los tiempos de cocción dan para ello. Pongo música. Elijo una lista con la Banda Sonora de True Blood, country y rock a partes iguales. La receta lleva vino y aprovecho para tomarme una copa. Me sorprendo cantando a grito el “Bad things” de Jace Everett y bailando mientras voy añadiendo ingredientes a la olla. Paso el resto de la mañana en la cocina, cantando, bailando, cocinando, bebiendo vino y limpiando.

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Son las 15:30 y estoy sentado en el sofá, hace rato que he acabado de cocinar y de comer y en poco tiempo llegará la Yol de trabajar. Estoy escribiendo esto en el ipad mientras una amplia sonrisa se dibuja en mi cara. Hacía mucho que no sonreía así, de forma sincera, sin nadie que me mire, sin nadie a quien sonreír, sólo para mí. Casi se me había olvidado la sensación. Es una sonrisa inesperada por el momento en que llega, pero agradecida por lo que significa. Esta tarde no podré ir a por los niños al cole, pues tengo que cumplir con mis quehaceres laborales dado que esta mañana no he podido adelantar nada del trabajo pendiente, he estado más ocupado en vivir. Es lo único que me molesta, el perderme el momento de salir de clase y darles la merienda. Me he dado cuenta que el resto me da igual, que hoy he sido realmente feliz, que he disfrutado en casa, de la casa, con la familia y de la familia. Que algo dentro de mi ha hecho “clic” y un resorte ha saltado por los aires haciéndome entender lo simple que puede ser la vida. En estos momentos, mientras escribo estas líneas me planteo dejar el trabajo, darme de baja de autónomo y dedicarme a escribir, en casa, a plasmar letras sobre un papel hasta llegar a formar una novela, algo largo, sustancial. Supongo que de baja calidad al principio, pero no me importa, pues la satisfacción vendría al acabarla. Sería duro, renunciar a los exiguos ingresos que tengo ahora, convencer a la familia de mi decisión, aplicarme una disciplina que, en estos momentos, no tengo y lanzarme al vacío. Al igual que hizo en su día Haruki Murakami.

Quizá debería hacerlo.

O quizá debería dejar de leer a Murakami.

¿Juegas?

La vida es un gran tablero de ajedrez en el que tenemos que mover ficha, la mayoría de las veces, sin prever lo que ocurrirá después.

Te toca el turno, juegan blancas.

 

Almendras

 

Almendras_melmastia

Más que una fruta, mucho más que un alimento.

Es vida, generación tras generación cuidando del árbol, de su fruto, de su producto.

De bisabuelos a abuelos, de abuelos a padres, de padres a hijos… Con un único fin, seguir la tradición, cuidar las costumbres, traspasar conocimientos.

Es parte de la vida, parte de la economía y, por supuesto, parte de la familia.

 

VIDAS CONTROLADAS


Miralos. Infelices. Se piensan que son libres. Que viven la vida tal y como quieren. Que nadie los controla. Pero aquí estoy yo. Sé todo de ellos. De sus movimientos. De sus vidas. Tanto de los adultos como de los cachorros. A veces están aquí. A veces desaparecen y no se les ve en todo el dia. La hembra es la única que se queda más tiempo. El resto entra y sale sin sentido. Se creen felices, pero su vida es patética, aburrida… monótona. No se les ve ambiciosos. Les sobra con asomarse a “esa ventana” que les gusta tanto. A veces se gritan entre ellos. A veces rien. Pero la mayoria de veces parece que se ignoren. Algunos dias se me acercan, sobre todo los cachorros. Me miran con asombro. Yo les miro hasta que me canso de ellos, de sus patéticas vidas. Otras veces se animan a decirme cosas que no acabo de entender.. me llaman “pez”… y yo pienso: “pez, ¿qué coño es un pez?”. Me doy la vuelta y me marcho. Me dan pena.

(Microcuento premiado en el concurso de relatos breves de Radio Escavia, Segorbe, 2003)

Me apetecía empezar el blog con esta historia. La escribí hace años para el concurso de la radio de mi pueblo y ganó. Además, el día que me enteré tuve otro premio, nació mi primer hijo.