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Deseando la lluvia

Agitó el tubo de ensayo con movimientos circulares y lo observó a contraluz, situándolo por encima de su cabeza.

El color rojo brillante que desprendía destacaba sobre el blanco que reinaba en el laboratorio. El líquido estaba empezando a tomar viscosidad, como era habitual cuando llevaba algún tiempo en el tubo de ensayo, por lo que hubo de volver a agitarlo para ver cómo arrancaba de las paredes las partículas ya densas para volver a juntarse con el resto y disolverse.

Tras la inspección ocular, se llevó el tubo a la nariz y aspiró con cuidado. Le encantaba aquel olor. No sabía por qué, pero desde siempre le había llamado la atención. Desde bien niño le había atraído cómo penetraba en sus nariz y le llenaba el paladar con su fragancia. Aquella muestra olía bien, lo que le llenaba de orgullo.

Se sentó en la mesa y comenzó a pulsar las teclas del ordenador, introduciendo los datos que había obtenido. El monitor empezó a volcar cifras, haciendo cálculos y a devolver resultados que fue leyendo con cuidado, parando cada vez que acababa uno de ellos para asimilarlo y procesarlo también en su mente.

Cuando el ordenador acabó de escupir datos sobre la pantalla, le dio al botón de imprimir y esperó a que la hoja estuviera completa de datos. La cogió y le dio un primer vistazo. Sin quitarla de su vista, salió del laboratorio del sótano y se dirigió al piso de arriba. Llegó a la cocina y se hizo un café con leche, humeante, tal y como le gustaba, y se dirigió al ventanal del salón.

Desde allí, sin soltar el folio con los datos en su mano, miró al cielo y volvió a expresar su deseo de que llegara esa lluvia que tanto anhelaba para que aquel año el vino fuera tan bueno como parecía que había conseguido con el del año anterior.

 

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Fue @TeresaOxxxOM quien vino de visita y nos propuso las tres palabras que han estimulado mi imaginación para este relato (vino, lluvia, deseo).

Gracias, María Teresa, por tu visita y tus palabras. Espero que te haya gustado y vuelvas a esta casa de vez en cuando. Este es tu relato.

Invitación a cenar

Nerviosa, como una quinceañera. Así se encontraba toda la tarde y, conforme se acercaba la hora, cada vez más.

Era la primera cena que podía considerar romántica desde su separación. Tras varias semanas de miradas, sonrisas, saludos y charlas sobre matemáticas, el gobierno y los recortes, por fin el profesor de su hija le había sugerido de cenar juntos y ella, en un impulso que todavía no sabía de dónde había salido, lo invitó a su casa. Había empaquetado a las niñas con su madre y, al llegar a casa, cuando iba a empezar a hacer la cena, ya le temblaban las piernas.

Salió al comedor, a ver la mesa. Estaba perfecta: el plato con las tres velas en el centro, los cubiertos, el mantel, las copas… Sacó una caja de cerillas y encendió las velas, bajando la intensidad de la luz, para ver el efecto. Sonrió y volvió a la cocina, todavía le quedaban un par de toques a la cena.

Estaba probando la salsa cuando sonó el timbre. “¿Ya?”, pensó, y miró el reloj. Era pronto, se había adelantado y eso la pilló por sorpresa. Dejó la cuchara, bajó el fuego y fue a abrir la puerta.

De camino, una parada en el espejo del pasillo, lo justo para alisarse la falda, recoger el último mechón de pelo y ponerse los zapatos. “¿No me habré pasado con este vestido y este tacón?”, las dudas de últimos tiempo, pero no podía hacer nada más.

Abrió la puerta y allí estaba él: elegante con su pantalón negro y su camisa blanca, nada que ver con lo que ella veía en el colegio. En su mano, una botella de vino.

Él acercó su cabeza, ella le ofreció las mejillas, y se sonrojó al primer beso: “Has llegado pronto”, “He tenido suerte al aparcar”, “Estoy acabando la cena”, “Iré abriendo el vino”… Las palabras surtían entre ambos torpes, inocentes, nerviosas.

Ella se dirigió a la cocina y lo dejó con el sacacorchos en la mano. Estaba acabando de aliñar la ensalada cuando él apareció con una copa en cada mano. Se acercó y le dio una. Ella la cogió e hizo el gesto de brindar. Chocaron las copas levemente y ambos bebieron, y ambos se miraron mientras lo hacían.

– Muy bueno el vino – dijo ella.

– Creo que podría estar mejor, le falta un sabor – contestó él.

Y, levemente, acercó su cara hacia la de ella, sus labios se rozaron un instante, pero él los acercó más, suaves, cálidos, húmedos de vino y deseo. Ella no sabía qué hacer con las manos: en una, la copa, en la otra, el aceite, pero sus labios si supieron que hacer: dejarse besar.

Separaron sus bocas, quedándose a centímetros una de la otra. Él pasó su lengua por los labios de ella: “Ahora si, ahora el vino está delicioso”, añadió él.

Ella dejó el aceite y lo cogió de la mano. Salieron de la cocina y lo dirigió hacia la habitación. Se quitó los zapatos y los dejó sobre la cama, se sentaron ambos sobre la almohada y volvieron a brindar. Antes del segundo trago, ella le había abierto los dos primeros botones de la camisa, dejando que las yemas de sus dedos rozaran su cuello.

– Me habías invitado a cenar – dijo él.

– Saltémonos la cena – añadió ella.

Tardaron un buen rato en volver a hablar.

 

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Todo lo empezó el Sr. @Netbookk con un tuit:

vino en la cena

Al que siguió otro:

cena y vino

Lo normal, la cosa se ha liado y ha desembocado en esta publicación en el maravilloso tumblr que @Netbookk publica y que es un delito no tener en los favoritos del navegador.

Faltaba un relato y he hecho lo que he podido.

Lógicamente, va dedicado al inspirador del mismo.

Gracias Sr. @Netbookk por dejarme pasear con usted en Twitter.

In vino veritas

 

 

 

 

Cámara: Nikon D3100

 

Apertura: f/4´8

 

Velocidad: 1/60 s

 

Sensibilidad: ISO-1100

 

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