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Zozobra

Se dejó caer sobre la cama, a plomo. Un zapato salió despedido de su pie y tropezó contra la cómoda para caer después al suelo de forma violenta, golpeando el tacón contra el parqué, como un martillo.

Se llevó las manos a los ojos y los frotó, suavemente, como intentando quitarse el sueño que se pega a los párpados por la mañana. Solo que era poco antes de la cena, y ella no había dormido.

Suspiró y se quedó mirando el techo. Su corazón latía con fuerza, desbocado. Al igual que su respiración, agitada, entrecortada. Imposible de acompasar ambos, optó por intentar calmar la segunda.

Su mente bullía. Su cabeza era una amalgama de ideas, imágenes, mensajes, sentimientos cruzados y confusión. Por mucho que intentaba ordenar todo lo que pasaba por su mente, nunca llegaba a atar todos los cabos. Su corazón se lo impedía, volviendo a enmarañar todo lo ordenado hasta el momento y añadiendo más elementos discordantes.

Empezó a tirar de hilo, intentando recordar en qué momento su vida cambió de sentido, cuándo las aguas tranquilas del mar por el que navegaba se habían transformado en una marejada que movía su bote de un lado al otro haciéndole perder el equilibrio constantemente.

Cerró los ojos intentando dejar la mente en blanco, no pensar en nada, vaciar sus ideas para empezar de cero. Únicamente el sonido del agua de la ducha de su marido, en el baño al lado de la habitación, rompía el silencio en que la estancia estaba sumida.

De pronto, otro sonido la sacó de sus pensamientos. Una campana digital sonaba en su tablet, apoyada en la mesita. Se levantó sobresaltada, como un resorte y la cogió. Con dedos temblorosos pulsó los números correspondientes al desbloqueo del aparato.

El corazón le dio otro vuelco al leer las letras que le devolvía la pantalla: “No puedo esperar a volver a imaginarte. ¿Qué llevas puesto?”. 

Sonrió, se sonrojó y volvió a suspirar.

La marejada se estaba convirtiendo en tormenta.

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Fue @Bebra_enf quien vino de visita y nos propuso las tres palabras que han estimulado mi imaginación para este relato (Zapato, marejada, tablet).

Gracias, Bea, por tu visita y tus palabras. Espero que te haya gustado y vuelvas a esta casa de vez en cuando. Este es tu relato.

 

Vértigo

Vértigo. Era una sensación extraña: veía lo que le rodeaba como si flotara, como si estuviera en una nube, la cabeza la tenía embotada, los sonidos le llegaban apagados, lejanos… Pero, si le preguntaban qué es lo que sentía, la palabra que le venía a la cabeza era vértigo.

Para eso no le habían preparado en la facultad. Habían sido años de estudio de formas, de redacciones, de maquetas, de luces. Pero no de sensaciones, de impresiones, de vivencias.

Estaba claro que la última clase y la más completa nunca te la enseñaban en la facultad, eras tú quien tenías que aprenderla una vez estuvieras en la calle, en el mundo laboral, en la empresa. Y ella pensaba que lo tenía aprendido.

Pero, por lo visto, estaba equivocada.

Vértigo.

La situación no era nueva, o, por lo menos, ella no creía que lo fuera. Había estado en situaciones similares, en varias partes del mundo, pero todas con un denominador común. Sin embargo, desde que aceptó este nuevo trabajo ya supo que iba a ser distinto. Lo había estudiado desde la distancia y creyó que sería capaz de adaptarse. Nunca pensó que fuera a ser tan distinto, pese a ser tan cotidiano.

Quizá era la edad, la situación, el motivo, el olor, el sonido. Quizá era ella, desbordada por lo absurdo de la situación. Quizá era la gente que la rodeaba, ciega de odio al contrario. El caso es que ahí estaba, paralizada, incapaz de hacer su trabajo.

Vértigo.

Sacudió la cabeza con fuerza, para sacar de ella la sensación que la atenazaba, para despertar a la realidad. Todo volvió de golpe: los ruidos, los lamentos, los colores, las sirenas, los gritos…

Ajustó el zoom de su cámara hacia el zapato ensangrentado del niño que había quedado tirado, en mitad de los escombros a los que un proyectil había reducido la pared en la que se creía seguro. Intentó que la cámara captara el zapato y la mano inerte que todavía apretaba una piedra, su arma, pero que no llegara más arriba, hacia la mueca en que se había convertido su cara infantil.

Por primera vez en todos sus años como reportera de guerra había sentido vértigo.

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La culpa de esta historia es de @Vimartiz

Gracias por tus tres palabras