Archivo de la etiqueta: zenda

AL TRABAJO EN METRO

Siempre me ha gustado el metro. Sobre todo fuera de las horas punta, esas en las que hay suficiente gente viajando como para poder fijarme en mis compañeros de vagón sin el agobio de la masificación. Porque lo que realmente me gusta es observar a la gente que viaja en el mismo vagón que yo. Mirar a cada uno de ellos e imaginar quiénes son, qué hacen en su vida, dónde se dirigen, si son felices, si están enamorados…

Para poder hacerlo de forma discreta siempre me quedo de pie, al lado de la puerta. Desde ahí puedo observar hacia ambos lados, fijarme en las caras, en los cuerpos, en las posturas de cada uno de ellos y analizarlos. Siempre hay un momento en el que uno de ellos cruza su mirada con la mía y, entonces, sonrío. Porque yo siempre devuelvo las miradas con una sonrisa. Nunca espero otra de vuelta, pero me gusta transmitir mi felicidad.

Mi radio de acción en el trabajo es el norte de América, desde Canadá hasta México. Hoy, sin ir más lejos, me ha tocado hacerlo en la Ciudad de México, así que, a las 13:20, he cogido el metro. El vagón estaba a un cuarto de su capacidad. Ni tan vacío como para no tener en quién fijarme, ni tan lleno como para no poder hacerlo de la aglomeración.

Como de costumbre me he quedado en la puerta y, tal y cómo ésta se ha cerrado, he empezado a pasar la vista sobre mis compañeros de viaje.

Sentada junto a la puerta había una mujer mayor, de unos 60 años. Cabizbaja, con el pelo recogido y una pequeña chaqueta en su brazo. La típica abuela en búsqueda de un nieto a la salida del cole. No ha levantado la cabeza en todo el trayecto.

Un poco más allá, un grupo de jóvenes, supongo que recién salidos de la biblioteca que queda cerca de una estación. Mirando sus teléfonos móviles, riendo, intercambiado mensajes, fotos, risas.

Varias personas leyendo. Algo que siempre me ha apasionado, ver cómo leen en el metro. Intento adivinar sus lecturas, sus gustos, sus aficiones a través de esos libros.

Pero hoy no he reparado en sus lecturas, porque un poco más allá la he visto a ella: morena, pelo largo, un cuerpo con curvas disimuladas bajo el tres cuartos que un cinturón le ajustaba perfectamente a su cintura y ya más cerca de los cuarenta que de los treinta. Bien maquillada, dispuesta a incorporarse a su puesto de trabajo. Miraba por la ventana, distraída en sus pensamientos.

Estaba totalmente ensimismada hasta que se ha girado hacia donde yo estaba. Le he mirado a los ojos: marrones, grandes, perfectamente perfilados y con unas pestañas largas, negras. Me ha mirado. Le he sonreído y, ella me ha devuelto la sonrisa. Una sonrisa franca, sencilla, mostrando sus blancos dientes bien cuidados.

Iba a ser ella. Lo he decidido en ese momento.

Al acercarnos a la siguiente estación se ha acercado a la puerta de salida. Tal y como se ha abierto ha salido, dirigiéndose hacia las escaleras mecánicas. No ha reparado en que varios metros más atrás, y entre otras muchas personas, yo la seguía, atento a cada uno de sus movimientos, sin poder apartar la vista de sus caderas.

Ha salido a la calle, se ha puesto unas gafas de sol y ha comenzado a andar, deprisa, sin mirar al resto de la gente con la que se iba encontrando y esquivándolos con unos movimientos gráciles.

Se ha parado en una esquina, dispuesta a cruzar. Sin importar que el semáforo estuviera en rojo ha mirado a ambos lados y bajado de la acera. He visto el peligro y he decidido actuar. Igual ha sido impaciencia, sé que no es el mejor método y, de hecho, es uno de los que menos me gustan, pero no he podido evitarlo.

Unas veces es un descuido, otras un infarto, o una maceta que cae, o una bala perdida… Hoy ha sido un tropiezo al cruzar la calle. Dada su prisa, me ha sido fácil tocar su tobillo haciendo que perdiera el paso justo cuando un taxi se acercaba a toda velocidad. Su cuerpo ha ascendido unos metros y ha caído con violencia. Gritos, pitidos, chirriar de ruedas… Algunos se han llevado la mano a la boca, otros se han acercado rápidamente al cuerpo.

Yo he llegado lentamente, como de costumbre. Le he cogido su mano, ya translúcida y le he ayudado a levantarse. No he dejado que mirara atrás, no quería que viera su cuerpo en ese estado. He hecho que me siguiera, yo de espaldas, ella volteada hacia mí, siempre mirando hacia mis ojos, siempre sonriendo. Ha seguido devolviéndome la sonrisa, que ahora lucía más preciosa que antes.

La he llevado junto a mis compañeros, ellos se encargarían de ella a partir de ese momento, acompañándola en su último viaje. Yo he vuelto al metro, a seguir con mi trabajo. De nuevo, apostado en la puerta. Observando, esperando, eligiendo.

Así que, la próxima vez que cojas el metro, fíjate en ese chico de pie junto a la puerta que, discretamente, va observando al resto de pasajeros. Si llegamos a cruzar nuestras miradas y me ves sonreír, sonríe, devuélveme la sonrisa. E intenta no olvidarme, porque quizá ese día, quizá al día siguiente o quizá muchos años después volveremos a vernos. Yo volveré a sonreír. Y espero que tú también lo hagas.